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La superior inteligencia presidencial

22 de enero de 2010 - 10:23 p. m.

EL PRESIDENTE URIBE ES CIERTAmente un hombre muy inteligente. Así lo ha demostrado durante sus siete años de mandato.

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Ha logrado sostener niveles de popularidad y aceptación más altos que cualquier presidente de los últimos años. Y si a esta virtud se agregan su expresión santurrona y sus actitudes un tanto beatas, no es de extrañar que se haya convertido en el ejemplo perfecto del presidente teflón, el que no se desgasta por las inaceptables actividades de muchos de sus más inmediatos colaboradores o simpatizantes.

El problema es que a veces es demasiado inteligente. Tanto, que puede recurrir a trucos en los que, como en una parodia de teoría de los juegos, con cara gana y con sello no pierde. El ejemplo que acaba de dar es testigo de esta astucia: cuando acata la recomendación del Procurador respecto de la no transmisión por televisión de sus consejos comunales, se presenta ante la opinión pública como un ciudadano obediente de la justicia. Y, claro, sus seguidores lo ensalzan como tal. Y esto incrementa su popularidad y aceptación frente a una eventual candidatura presidencial. O sea, el gesto obediente y respetuoso no es más que un cálculo electoral.

Porque si no fuera un candidato solapado, podría argumentar que su deber como gobernante es acercarse a las masas y mostrar las bondades de su gobierno, y que no hay razón alguna para que se abstenga de cumplir con ese deber, máxime cuando gobierna en nombre del Estado de opinión.

Y entonces los ciudadanos se podrían preguntar si no es que el Presidente concede más importancia a su eventual reelección que al cumplimiento de sus obligaciones como presidente-comunicador.

Pero él, santurronamente, se guarda sus intenciones futuras y, haciendo caso omiso del respeto que le debería tener a la opinión ciudadana, prefiere mantenerla en la incertidumbre sobre el futuro de la democracia y la estabilidad institucional. De manera, pues, que los colombianos tenemos que esperar a que buenamente se le antoje despejar sus dudas y resolver las incertidumbres de su alma. Jugar así con la opinión pública podría ser visto por un psicoanalista como un caso de megalomanía.

Y además, cuando sostiene sin ruborizarse que hasta ahora no ha aparecido un candidato capaz de sostener su política de seguridad democrática, está dando otra prueba de ese delirio de superioridad: está diciendo no sólo que él es un hombre superior, sino que es irreemplazable, como lo es su política.

Podría argumentarse, como lo han hecho otros candidatos, que esa política es susceptible de reformarse, que si bien la seguridad es una política importante, ésta podría desarrollarse sin falsos positivos, ni recompensas, y que no es necesario recurrir sistemáticamente a un lenguaje belicoso y a veces descontrolado para lograr un triunfo sobre las guerrillas, que otras políticas sociales pueden ser más eficaces que la bala y el insulto.

Quien así arguya puede ser víctima del desprecio presidencial: al fin y al cabo es alguien inferior, que no alcanza a comprender la inefabilidad de la política actual. Y también puede ser el objeto de sospechas y maledicencias por parte de los cercanos asesores presidenciales y aspirantes a continuar con su política, así no puedan dar muestras de una inteligencia siquiera parecida a la de su venerado jefe.

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