LA OPINIÓN PÚBLICA MUNDIAL SE HA concentrado en estos días en el asunto de las filtraciones de mensajes hechas por diferentes diarios del mundo y originadas en el tal Wikileaks.
Algunos de los documentos son informes de políticas nacionales e internacionales, cuya divulgación puede tener algún efecto en las mismas. Otros, en cambio, son simples chismes y opiniones de funcionarios del Departamento de Estado de Estados Unidos o algunos de sus interlocutores.
Sobre estos últimos no es necesario preocuparse, porque son habladurías malévolas que sólo concitan el morbo de los lectores. Por ejemplo, la enfermiza dependencia de Cristina Fernández de su esposo Néstor Kirchner. ¿A quién le puede importar semejante pendejada? ¿Por qué no dijeron que a la señora la llaman “Cuchibarbie”?
Uno de los puntos que me han llamado la atención es la similitud de las reacciones del Departamento de Estado con las de la presidencia de Colombia a raíz de la filtración de las chuzadas del DAS y otros episodios de nuestra picaresca. La reacción ha sido criticar las filtraciones: resulta más grave que se sepa de las violaciones de las vidas privadas de colombianos que las mismas violaciones. Es decir, que se chuce, pero que no sea ultrasecreto. Eso, dicen, pone en peligro las vidas de los autores de los documentos, pero nada se dice sobre el peligro que corren los chuzados.
Hay otra cara de la moneda que muestra las consistencias e inconsistencias de nuestra política criolla: resulta que el presidente Uribe trató de negociar con las Farc, pero al mismo tiempo calificó de apátridas, comunistas y narcoterroristas a quienes lo hicieron antes que él. ¿Cómo hacemos los colombianos para confiar en él?
Y hay otras cosillas que merecen comentarios: malo, por ejemplo, que el general Naranjo le informara al embajador de Estados Unidos acerca de sus sospechas sobre la autoría intelectual de las chuzadas del DAS. No se entiende qué razones puede haber para hacerle ese comentario a un embajador, así sea gringo. ¿Se lo habría podido comentar al embajador de Guatemala, por ejemplo? El señor Brownfield no tenía nada que ver con ese episodio. Eso no parece bien, ya que apuntala nuestra dependencia tradicional.
Pero de otro lado es bueno que la opinión pública nacional e internacional (el informe original proviene del diario Le Monde, de París) sepa que el más astuto e inteligente miembro del gobierno colombiano abrigaba fuertes sospechas de que el secretario general y el principal asesor presidencial eran unos chuzadores, que la directora del DAS y sus antecesores eran unos monigotes que se prestaban a semejante despropósito. Hacer esas aberraciones para cuidar el puesto desborda los límites que la opinión pública debe exigir de los altos funcionarios del Estado.
Pero eran eso, monigotes. Los autores intelectuales de quien el general Naranjo sospechaba, en cambio, eran algo más: eran, y son, inescrupulosos, y para proteger a su jefe no tenían límites. Y el jefe sostiene que él no sabía, lo que quiere decir que lo hacía a escondidas. O sea que además de inescrupulosos le jugaban a su superior sus marrullas a sus espaldas. ¿Podría el presidente Uribe confiar en ellos?