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¿Aplica el legado de Mandela a Colombia?

08 de diciembre de 2013 - 06:00 p. m.

“Mandela reivindicó a las mayorías sudafricanas, no secuestró, ni torturó ni asesinó a diputados como el narcoterrorismo”, escribió el expresidente Álvaro Uribe en Twitter.

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La discusión sobre si el ejemplo de Nelson Mandela es aplicable al caso colombiano hay que hacerla con seriedad, sin limitarse a loas personales al expresidente sudafricano, y mucho menos a tergiversaciones demagógicas sobre su ejemplo. Esa discusión permite salir del odio, el dolor y los intereses políticos y económicos locales, para entender el conflicto colombiano en el contexto universal que tiene.

Uribe se enfoca en un solo aspecto de Mandela, el del subversivo, para diferenciarlo de los guerrilleros de las Farc en razón al tipo de delitos que cometieron. En esa lógica, Mandela aparece como un guerrillero “bueno”, por lo que era legítimo negociar con él y reincorporarlo a la “civilidad”. Y Uribe compara el conflicto sudafricano con el colombiano desde la perspectiva del problema, para mostrar las diferencias. Esa es una lectura sesgada de lo que representa Mandela, porque lo importante no es el tipo de subversivo que fue, sino el tipo de presidente, y lo relevante no es la índole del conflicto que lideró, sino la solución que dio al conflicto. Y así como el conflicto y el subversivo son distintos al caso colombiano, la solución y el liderazgo que ejerció Mandela sí son asimilables.

Lo más destacable de Mandela no fue lo que hizo como subversivo (radical primero y pragmático al final), sino como gobernante, porque cuando tuvo el poder, lo puso al servicio de la reconciliación y no de la venganza. Y lo importante no fue el conflicto en el que intervino, sino la solución que le aplicó. La receta de Mandela tuvo cuatro elementos principales. Cambiar la violencia por la paz, como mecanismo para conseguir cambio social; en Colombia eso implica dejar de decir que basta la seguridad porque la paz es inalcanzable, y aceptar que el país requiere reformas pendientes para aclimatar la paz. El segundo elemento fue utilizar la negociación política, en lugar de la violencia, para terminar el conflicto; aplicarlo a Colombia implica aceptar que lo moralmente rechazable es el uso de la violencia y no la negociación con los guerrilleros, y que hay un conflicto con raíces históricas en lugar de un simple problema de criminalidad. El tercer elemento fue apelar a la reconciliación, y no al odio, para conseguir una paz verdadera; en Colombia implicaría cesar el populismo militarista basado en atizar el odio a las Farc con fines electorales. Y el cuarto elemento fue afianzar la paz mediante el esclarecimiento de la verdad sobre lo sucedido en el conflicto, lo que implicaría que en el posconflicto se impulsara una comisión de la verdad para esclarecer lo sucedido, incluyendo los crímenes del paramilitarismo y de agentes estatales.

A quienes desean continuar con la guerra en Colombia sólo les queda un argumento: que los cabecillas son autores de crímenes atroces y por tanto no pueden dialogar con el Estado, deben ir a la cárcel y no al Congreso. Pero el argumento es frágil: la paz de Mandela no sería menos si hubiera cometido secuestros o traficado para financiar la causa subversiva.

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