Así como el agravamiento del conflicto interno desmontó el bipartidismo en 2002, su eventual resolución parece estar trayéndolo de vuelta.
Pero por ahora sólo en contenido, porque en la forma no es posible gracias a la prohibición de transfuguismo que introdujo la última reforma política. Si los parlamentarios no tuvieran la obligación de renunciar un año antes para cambiar de partido, muchos estarían migrando hacia el Partido Liberal y el Centro Democrático.
Simplemente porque las dos fuerzas centrífugas de la política actual, el santismo y el uribismo, partieron cobijas ideológicas, lo que resquebrajó la unidad de los partidos que representaban esa “coalición” efímera. Hoy el mayor enemigo electoral de los partidos de la U y Conservador es el propio expresidente Uribe. Porque cada escaño que eventualmente consiga la lista uribista se lo estaría quitando, no al Partido Liberal, ni al Polo, ni al MIRA, sino a los partidos que utilizaron las banderas de Uribe. Esa es la tragedia de los congresistas amigos de las tesis del expresidente: no sólo no pueden pasarse a las filas de Uribe, sino que éste puede ser su verdugo electoral en las elecciones de 2014.
Pero la camisa de fuerza de la prohibición de transfuguismo no durará. Si el realinderamiento que generó la búsqueda de la paz por parte de Juan Manuel Santos se alarga más allá de las próximas elecciones, tarde o temprano los partidos desmontarán la prohibición y reflejarán esa realidad política. La pregunta es si el uribismo tendrá la capacidad de proyectarse en el tiempo, más allá de la venganza que busca perpetrar contra Santos. Si consiguiera convertirse en una fuerza de oposición estable, y Santos ganara la reelección, ambas hipótesis posibles, la dinámica política actual se agudizaría porque con la paz Santos avanzaría aún más hacia la centro-izquierda para poder implementar los acuerdos. Sólo las reformas al campo bastarían para ahondar la confrontación entre las élites modernizadoras que representa Santos y las retardatarias que encarna Uribe.
Un efecto político de la paz sería desmontar el estigma con que cargaron los temas de izquierda durante medio siglo. En un eventual posconflicto la prioridad nacional cambiaría de un tema derechizante como la seguridad, hacia temas sociales más progresistas. La gran pregunta es: ¿qué sector capitalizará ese nuevo mundo que puede abrirse en la política nacional como resultado de la paz? Si lo hará una nueva izquierda, una heredera de las Farc o fruto de una coalición de fuerzas que podría incluir a Gustavo Petro y el Polo, o si lo hará un liberalismo reunido, cobrando políticamente la paz y las políticas modernizantes que se aplicarán para consolidarla.
Lo que está claro es que la paz desmontaría —luego de las elecciones— la arquitectura partidista que dejó Álvaro Uribe, de un multipartidismo artificial dependiente electoralmente de un caudillismo populista. Y que el gran ganador de ese desmonte será el liberalismo, porque el conservatismo, que permitió franquicias a cambio de puestos, puede terminar diluido por Uribe. Falta ver si la izquierda será capaz de unirse para competir con el próximo liberalismo, y aprovechar el regreso del péndulo. Así no regresaría el bipartidismo, sino que pasaríamos a un tripartidismo.