El liderazgo colectivo de Pékerman está cambiando el apego de los colombianos por el modelo de liderazgo individualista de Uribe.
Después de más de cincuenta años de desconfiar del liderazgo caudillista, por lo que se podría llamar el efecto Gaitán —gracias a lo cual Colombia se salvó del caudillismo, el populismo y el autoritarismo que recorrió a América Latina en la segunda mitad del siglo XX—, como consecuencia de la crisis de seguridad llegó a Colombia, trasnochado, el modelo de liderazgo autocrático o paternalista encarnado en Álvaro Uribe. No es exagerado decir que durante casi una década, el país vivió deslumbrado ante los efectos embriagantes de ese liderazgo tan afín al temperamento de los latinoamericanos.
El liderazgo caudillista tiene el atractivo de que releva a los ciudadanos de responsabilidades, porque sobresimplifica los problemas señalando un solo culpable (las Farc), y dejando en manos del caudillo paternal las soluciones (generalmente violentas o de facto). Es propio de las sociedades latinoamericanas estar en búsqueda de un redentor, porque se sienten víctimas de su destino, que consideran impuesto por la colonización, el intervencionismo extranjero, las clases dirigentes extranjerizantes y racistas, las mafias políticas y criminales. No funciona en sociedades del primer mundo, que se sienten orgullosas de haber forjado su destino y, por el contrario, temen volver al autoritarismo del pasado que les dejó guerra y corrupción, y del que la humanidad viene haciendo esfuerzos por desterrar por vía de la democracia desde hace dos siglos.
Con los éxitos internacionales del deporte colombiano, y especialmente con la experiencia renovadora que vivimos todos con el desempeño de la selección de Colombia en el Mundial de Fútbol, el país está sintiendo unos cambios de “personalidad” que, por poco identificados, aún no se atreve a aceptar. Son efecto del liderazgo público que viene ejerciendo la actuación de la selección sobre el ánimo y la conciencia de los ciudadanos. Efecto del ejemplo maravilloso que dieron los jugadores y su técnico: de juego limpio, de trabajo en equipo, de humildad y respeto, de sueños ambiciosos y resultados poderosos. Y de orgullo: el respeto y admiración del mundo por un equipo, un estilo de juego colectivo y limpio, y un colombiano de 22 años. Algo que no había sentido la sociedad colombiana, acostumbrada a perder y a ser vista con desdén y miedo por el mundo.
Por vía del liderazgo colectivo que ejerció José Néstor Pékerman para empoderar a los muchachos de la selección, caracterizado por el espíritu colaborativo, la humildad personal, la sobriedad de palabras, el rechazo al reduccionismo y las posturas populistas y cortoplacistas, los colombianos encontramos en la selección un nuevo modelo para alcanzar el éxito y la estima personal, opuesto al de rudeza y todo vale que nos decían era insustituible en nuestro entorno.
Así como el estilo Bolillo Gómez dio paso al de Pékerman, el estilo militarista y retardatario de Uribe está perdiendo fuerza y está ganando terreno el de Santos, modernizante y pacífico. Los efectos del liderazgo público tienden a ser lentos y difíciles de percibir, y necesitan de continuidad, pero son muy poderosos.