“Para reflexionar sobre los prospectos económicos, los latinoamericanos deben consultar politólogos en lugar de economistas”, sostiene un artículo de The Economist sobre el bajo crecimiento económico reciente de Latinoamérica.
Plantea que a la resaca por la caída de los precios de los commodities se le ha agregado incertidumbre política. Porque las condiciones económicas externas ahora son favorables, con las economías de Estados Unidos y China acelerando y, sin embargo, la región solo va a crecer al 1 % o 1,5 %.
Sostiene el artículo (Latin America´s disappointing economic growth) que dentro de las causas de incertidumbre política está el factor Trump, que genera temor de proteccionismo y menor inversión, aunque el principal afectado, México, ha surtido bien la dificultad y creció 2,7 % en el primer trimestre. El segundo factor son las dificultades para hacer reformas urgentes en materia de infraestructura, educación, tributos, tanto por la desfavorabilidad generalizada de los presidentes de la región en las encuestas, como por el hecho de que entre noviembre próximo y octubre de 2018 las cuatro economías más grandes tendrán elecciones presidenciales en medio de la desilusión con los políticos por la corrupción, lo que genera riesgo de populismo.
Colombia comparte la incertidumbre política de la región, aunque el factor Trump ha sido moderado y pese a la baja popularidad presidencial se han realizado reformas en materia de infraestructura, educación, impuestos y en materia de paz. El elemento que más genera incertidumbre es la desilusión ciudadana por la política, impulsada por los escándalos de corrupción y por una polarización que se ha consumido los tradicionalmente bajos niveles de confianza en las instituciones, asustando a los votantes con fórmulas populistas y generando una sensación de crisis generalizada, con fines electorales.
Es comprensible que un cambio estructural tan profundo como la terminación del conflicto armado con las Farc, sobre el cual se soportó buena parte de la legitimidad del sistema político en el pasado reciente, genere inestabilidad. Que escándalos de corrupción tan graves como los de Odebrecht, los de la Fiscalía y los tribunales de justicia, generen un profundo malestar en la ciudadanía. Pero siendo inevitable que la política afecte la economía, los sistemas políticos pueden agravar o morigerar los problemas económicos.
En 2009 la economía creció al 0,4 % por efecto de la crisis financiera de 2007 y, sin embargo, la política no agudizó la sensación de preocupación económica, aún en medio de la campaña electoral de 2010. Dos años después la economía creció al 6,6 %, en parte gracias a que la política generó las condiciones de tranquilidad que requiere la inversión privada.
Los empresarios están percibiendo una inestabilidad mayor a la que están acostumbrados, y en esas condiciones es difícil creer que las afugias económicas son pasajeras. Si, como parece, la campaña electoral va a ser tan radical, negativa y desinformadora como la del plebiscito, no habrá fundamentales económicos positivos que valgan. El tema económico debe ser parte de la campaña electoral, por supuesto, pero debería exigírsele a los candidatos que no la traten con irresponsabilidad populista.