El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El fantasma del liderazgo

01 de marzo de 2009 - 10:00 p. m.

UN FANTASMA RECORRE LA POLÍTICA colombiana. El fantasma del liderazgo de Álvaro Uribe. Una fuerza arrasadora que no le permite al país asumir la tarea de encontrarle sucesor.

PUBLICIDAD

El liderazgo público es beneficioso para cualquier sociedad, porque no consiste en el carisma del líder, sino en un proceso dinámico entre éste y sus seguidores, que fortalece la participación ciudadana en busca de objetivos comunes. Sin liderazgo, los pueblos carecen de la visión que los impulsa a intentar grandes cambios, y superar grandes dificultades.

En un país con un sistema político clientelista adverso al cambio, la aparición del liderazgo arrollador de Álvaro Uribe produjo un deslumbramiento generalizado. Pero el reconocimiento de ese liderazgo no nació de los resultados de su gobierno. Tampoco surgió de su temperamento, que es sólo su estilo de liderar. El liderazgo de Uribe provino de su visión sobre la capacidad de la fuerza de las armas, para vencer la tara de la violencia e introducir al país en la modernidad, y de su habilidad para ganarse la confianza de los colombianos con su consagración por la “patria”.

Los colombianos compartieron plenamente esa visión del país, se sintieron inspirados por su sentido de dirección, e idealizaron la vocación de servicio de Uribe. Por primera vez se sintieron interpretados y guiados por un dirigente político. Por primera vez un gobernante no hablaba en términos etéreos de reformas, instituciones y deber ser, sino de acción, y de lo que está bien y lo que está mal. Por primera vez la relación con el poder era directa, y no mediada por ministros, programas e instituciones.

Pero con los años el liderazgo inicial empezó a transformarse. La visión original dio paso a una de apariencia igual pero profundamente diferente, basada en que la solución a la violencia no está en las ideas que inspiraron al líder, ni en la voluntad decidida de sus seguidores, sino en el propio líder. Bajo el argumento de que la culebra sigue viva, comenzaron a desvanecerse los principios del liderazgo, a desplazarse el poder, de los seguidores al líder. Un cambio que implicó despojar de la porción democrática a la fórmula de la seguridad democrática.

A partir de ese momento el liderazgo genuino de Álvaro Uribe fue reemplazado por su fantasma. Uno que en Latinoamérica se llama caudillo y se produce cuando, por el afán de permanecer en el poder hasta recoger los laureles de una política popular, el líder traiciona la esencia del liderazgo –el desprendimiento personal en favor del interés general–. Porque aferrándose al poder, el caudillo termina sustituyendo el círculo virtuoso del liderazgo, por el círculo vicioso del populismo autoritario.

Así Uribe dejó de ser un liberador para convertirse en prisionero de su hegemonía. Su gobierno dejó de ser un agente de cambio, para convertirse en un obstáculo del cambio. De cambios urgentes como el que requiere un sistema político tomado por la criminalidad, o la falta de una política de empleo, o la mal alineada política internacional, o la política antidrogas ineficaz, pero sobre todo, la tendencia dogmática a aferrarse a soluciones que no interpretan las nuevas realidades, y terminarán engendrando una nueva problemática.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias