Si se firma un acuerdo de paz con las Farc, seguramente aparecerán ideas geniales para un acuerdo mejor. Uno más firme, más justiciero, más ejemplarizante. Los “acuerdos mejores”, sin embargo, existen más en el deseo que en la realidad, son como creer ver oasis en el desierto: espejismos.
Se está viendo en Estados Unidos con el acuerdo nuclear con Irán. Stephen Walt lo plantea en la revista Foreign Policy. Dice Walt: “Por eso es tan sorprendente cuando personas supuestamente “serias” se apoyan en varias formas de pensamiento mágico … Quiero decir análisis y planteamientos basados en supuestos irreales, relaciones causales sin especificar, analogías no aptas, migajas de evidencia y optimismo locamente ingenuo”. Como cuando “Donald Trump dice que tiene un plan blindado contra el fracaso para derrotar al Estado Islámico. (…) El pensamiento mágico depende de supuestos optimistas. Para lograr un milagro se debe asumir que saldrá exactamente como planeado, que los oponentes reaccionarán exactamente como se espera. (…) Un buen milagro promete cosas maravillosas por poco o ningún costo (la invasión de Iraq se pagará sola)”.
Según Walt, “el último ejemplo de razonamiento dudoso son los alegatos de que negociadores más firmes (o quizá la guerra) habrían producido una victoria clara” para Estados Unidos frente a Irán. “A pesar de que mientras Estados Unidos aumentaba las sanciones Irán pasó de cero centrífugos a 19.000, que no había apoyo internacional para mayores sanciones, que atacar a Irán no habría terminado su programa nuclear y sí aumentado su interés en construir un arma nuclear”. El mito de un “acuerdo mejor ignora la regla básica de la diplomacia: un acuerdo perdurable requiere darle algo a cada parte”.
Claro que todo acuerdo podría ser mejor. Pero cuando es resultado de años de negociaciones, de estancamientos, de avances y retrocesos y riesgos de desplome, con enemigos de comprobada resiliencia, cuando durante décadas se han agotado los caminos alternativos, el acuerdo que se alcanza es lo que más se parece al único acuerdo posible y por ende al mejor. En las negociaciones aplica la tesis de que lo mejor es enemigo de lo bueno, porque nada entorpece más su resultado que el maximalismo. En las negociaciones de La Habana, el “pensamiento mágico” está inspirado en el ánimo de venganza y la conveniencia política de algunos sectores, que no les permite aceptar la realidad: que no se trata de un proceso de sometimiento, en que el sometido por la fuerza o por voluntad propia (como los paramilitares) acepta la decisión unilateral del ganador, sino uno de negociación en que las Farc, como los Castro frente a Estados Unidos, consideran que tienen derecho a concesiones porque sobrevivieron más de 50 años de intentos por derrocarlos y derrotarlos.
El presidente Obama sostuvo que “los opositores del acuerdo con Irán son en su mayoría los mismos grupos e individuos que soñaron o ayudaron a vender la estúpida idea de invadir a Iraq”. Quienes consideran ilusos a quienes parecen van a lograr que las Farc deje las armas, son los mismos que llamaron “Fin del Fin” a dejar a las Farc con 7.000 hombres, millones de dólares en ingresos, y sobretodo, el orgullo de haber sobrevivido a la seguridad democrática.