EN SOCIEDADES ABRUMADAS POR problemas y limitaciones, progresar depende en buena parte de hacer reformas. Los verdaderos enemigos de los pueblos no son sus dificultades, sino su incapacidad para superarlas. Para cambiar, para reformarse a sí mismos.
Sin embargo, cuanto más atrasadas las sociedades más tienden al conservadurismo, más miedo le tienen a ensayar nuevas maneras de hacer las cosas, más se dedican a administrar los problemas y a justificar sus traumas. Es comprensible el recelo de los norteamericanos por reformar sus instituciones, o de los franceses por cambiar su sistema de seguridad social, que son puntales de su desarrollo y fruto de esfuerzos largos y dolorosos. Pero no el recelo al cambio de sociedades plagadas de dificultades. ¿Por qué entonces la política siempre está sitiada por fuerzas que se aferran a la continuidad y combaten ferozmente el cambio? ¿Por qué en sociedades en las que casi todo requiere mejoría, como la colombiana, los ciudadanos se apegan a los logros que han alcanzado y se acomodan a los horrores?
No es porque le tengan miedo al cambio, todo el mundo quiere cambios positivos, fáciles, seguros. Es porque sólo los cambios superficiales, los que no lo son realmente, se consiguen sin sacrificios, sin pérdidas, sin esfuerzos, sin incertidumbre. La gente quiere cambios, lo que no quiere son los costos de cambiar.
Por eso los políticos ofrecen relevar a los ciudadanos de hacer el esfuerzo, solucionar ellos los problemas. Prometiendo soluciones cómodas que la mayoría de las veces son cosméticas, insuficientes, de corto plazo, y que generalmente terminan agravando el problema, como cuando se hacen unas pocas vías que no resuelven la inmovilidad pero sí estimulan el ingreso de automóviles nuevos, o trasladando el problema, como cuando se termina sacrificando el presupuesto de inversión social para pagar una solución costosa e insuficiente como una sola línea de metro. Otra fórmula de los políticos es encontrar un culpable y reducir la problemática a castigarlo, así éste sea una manifestación del problema de fondo y no su única causa, como cuando se promete derrotar a la guerrilla sin estar en capacidad de controlar primero el narcotráfico que es su alimento.
Con el tiempo los problemas resurgen, como las enfermedades graves que se tratan con analgésicos para atenuar los síntomas. O cuando no existen medicamentos y el alivio depende de que el enfermo acepte que la enfermedad es autoinducida y que la única solución real está en cambiar sus hábitos. Esto último es lo que Ronald Heifetz, profesor del Centro de Liderazgo Público de la Universidad de Harvard, denomina cambios adaptativos. Son circunstancias que no basta enfrentar con soluciones técnicas, como un by-pass coronario para enfrentar un ataque cardiaco, sino que requieren cambios de comportamiento, como evitar que el consumo de grasas vuelva a taponar las arterias y a producir un segundo infarto, quizá fatal.
Pero los cambios adaptativos son exigentes, no se consiguen con métodos revolucionarios que atemorizan y atraen oposiciones ciegas. Requieren de diagnósticos precisos y cambios sopesados, secuenciados, cocinados con tacto, controlando la temperatura para que la olla de presión no explote. Con reformas.