ESCRIBO ESTA COLUMNA EL DOMINgo veinte, al mediodía, luego de votar.
Terminando de hacerlo, en la mesa seis, llegó Juan Manuel Santos, que lo hace en la mesa cinco. Parado en medio del frenesí de aplausos y gritos de ¡presidente!, pensé en la visión que le plantearon a los colombianos Juan Manuel Santos y Antanas Mockus.
Empiezo por el último. Independientemente del resultado electoral, y del manejo de la campaña, Antanas Mockus hizo en estos meses un aporte de proporciones históricas a la sociedad colombiana. Sin más que una visión y su ejemplo moral para encarnarla, Mockus tocó el nervio de la problemática colombiana y movilizó durante unas semanas a una nación ilusionada. Con liderazgo del más puro, Mockus cumplió una función social esencial: canalizar la problemática social de indignación frente a la corrupción y la criminalidad por vías institucionales y sin populismo. Hoy, la aspiración a la legalidad hace parte de la agenda política nacional y del mandato del próximo presidente. Al punto que si en los próximos cuatro años no avanza, podría reverdecer en manos populistas en las próximas elecciones.
El proyecto político que encarnó Mockus no es exótico ni adelantado a su tiempo. Es el de Simón Bolívar en Angostura, al proponer que el moral se instituyera como cuarto poder: “la nueva república discurriría sobre dos carriles, ética y educación”. Lo que Mockus llama educación y legalidad, Bolívar llamaba “moral y luces”.
Sigo con Santos. Su planteamiento electoral fue el continuismo, por lo que no pudo plantear una visión propia. Estudios han demostrado que, independientemente de las particularidades de las campañas, todas las elecciones son un referendo sobre el gobierno de turno. Por lo que las dinámicas políticas siempre estarán determinadas, en mayor o menor grado, por la continuidad y el cambio, así tengan otro aspecto. En Estados Unidos, cuando la economía ha estado creciendo, siempre ha ganado el partido en el poder. Hasta con Al Gore, que ganó en número de votos.
Pero, paradójicamente, para Santos el continuismo no va a ser posible. Tendrá que emanciparse frente a casi todo lo característico de Uribe. En unos casos, porque los problemas han cambiado o han surgido nuevos, como la inseguridad, que se ha agravado en las ciudades, o en materia fiscal, por un déficit insostenible. Pero sobre todo porque las recetas uribistas han fracasado y resultaría absurdo continuarlas, como en materia de relaciones internacionales, o de justicia, o de infraestructura, o de comercio con Venezuela y Estados Unidos, o de estabilidad institucional, o de relaciones con el legislativo, o con la oposición, o en materia de salud, o de empleo. Ni hablar del asistencialismo, porque la olla está raspada. Prácticamente ninguna política de Uribe es plenamente “continuable”. Ni el populismo, porque la principal diferencia entre Uribe y Santos es que éste no lo es.
El gobierno Santos va a enfrentar la disyuntiva de hacer o no corte de cuentas. Si lo hace, mostraría los harapos debajo de las ostentosas prendas uribistas, desatando la furia de Álvaro Uribe. Si no lo hace, tendrá que asumir el costo político por problemas que no solamente no son suyos, sino que complicarían la reelección por vía de contraste con Uribe.