La inmigración seguramente cambiará la política en Colombia de manera tan profunda y negativa como lo ha hecho en Estados Unidos y en Europa.
“La percepción de que Estados Unidos perdió el control de sus fronteras y la crisis de inmigrantes desatada por la guerra civil en Siria han llevado a muchos ciudadanos a sentir que sus sociedades perdieron el control de un aspecto muy importante de su soberanía”, dice Francis Fukuyama, uno de los politólogos que más viene insistiendo en que la política tradicional, basada en las diferencias de intereses de las clases sociales, está siendo reemplazada por una política basada en identidades que ha generado conceptos de dignidad y resentimiento de tribus o identidades sociales diferenciadas.
“Identity politics” es un concepto de los años 70 que ha reverdecido poderosamente con el surgimiento de fenómenos populistas como el de Trump, el brexit y los partidos xenófobos en Europa. Parte de la base de que la inclinación política de amplios grupos de la población se da por aspectos de su identidad relacionados con organizaciones o movimientos sociales. Los ejemplos tradicionales eran los de la comunidad LGBT o el feminismo, pero en los últimos años se han desplazado a la derecha, reclutando a sectores que se sienten vulnerados por la inmigración o el libre comercio. Representa una amenza para la democracia porque incentiva reacciones populistas contra la filosofía liberal, rompiendo consensos sociales básicos que requieren la paz social y la competencia política respetuosa.
Según la encuesta Invamer de septiembre pasado, en un año el porcentaje de colombianos en contra de acoger a los venezolanos inmigrantes pasó de 31 % a 47 %. Si la tendencia se mantiene, en pocos meses habrá más colombianos en contra de admitir la llegada de venezolanos que a favor de acogerlos.
Muy pronto surgirá una respuesta que busque capitalizar políticamente ese malestar social. Más aún cuando vienen elecciones locales en octubre de 2019, y los conflictos con los inmigrantes se dan a nivel local, pues es allí donde está la competencia por servicios de salud, de educación, de trabajo.
El peligro de esta reacción es que se presta para el populismo, porque el rechazo al inmigante tiende a generar resentimiento, que tarde o temprano desemboca en enfrentamientos y toma formas emocionales agresivas. Y el descontento termina enfocándose en los gobernantes y en general la élite política, a quien se responsabiliza por permitir el ingreso de los inmigrantes y el acceso de éstos a servicios que, por escasos, “deben ser primero para los nacionales”. El problema de este fenómeno es su intensidad: generalmente se convierte en el asunto que define el voto de los ciudadanos contagiados de xenofobia, y ataca principalmente en los estratos bajos, que son más frágiles frente a los discursos de odio. Así como el odio a las Farc dominó la política durante casi 15 años, es muy posible que el rechazo a la inmigración venezolana se tome la política por años, y que el populismo se reencauche.
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