La oposición de paz está sostenida sobre una premisa que puede ser falsa, o al menos contraevidente: que el fin del conflicto por la vía militar estaba cerca, y por lo tanto era preferible a la vía política.
Esa premisa parte de que el gobierno anterior dejó a las Farc prácticamente derrotadas y que sólo faltaba un empujón para la victoria final. Eso es mitología política. Al final del gobierno Uribe las Farc tenían alrededor de ocho mil combatientes, su cúpula militar casi intacta (incluido el Mono Jojoy), conservaba su negocio de narcotráfico con ingresos de cientos de millones de dólares, y los indicadores de violencia —que habían bajado durante seis años— estaban de nuevo en alza. Es decir, había sobrevivido la andanada militar más grande de su historia, y se habían adaptado regresando militarmente a su tamaño y modo operacional históricos, al punto que se daba el lujo de negarse a los reiterados ofrecimientos secretos del gobierno para negociar. Ofrecimientos desesperados porque incluían zona de despeje para realizar intercambio de secuestrados, liberaciones gratuitas de cabecillas (Granda), promesa de discutir cese bilateral. Y como en 2006 el presidente Uribe les había ofrecido una constituyente, era posible que esa oferta resurgiera en un proceso de paz. Tampoco estuvieron derrotadas cuando el gobierno Santos les propinó los golpes más fuertes: dar de baja sus dos principales comandantes, y conseguir que Hugo Chávez, en lugar de protegerlas internacionalmente, las presionara para que dejaran las armas.
La seguridad democrática convirtió en anatema lo evidente, lo que reconocen las mayorías en Estados Unidos: que no fue posible derrotar a las guerrillas Talibanes. Ni aun con el apoyo de más de veinte países coordinados por la OTAN —la organización militar más poderosa del mundo— por lo que empezarán a abandonar Afganistán en 2015. Las razones del por qué los Talibanes son capaces de sobrevivir a semejante embate militar son las mismas de las Farc: una geografía escarpada e inaccesible, financiamiento proveniente de drogas ilícitas y zonas con un aislamiento histórico del Estado y el progreso.
El otro elemento de la premisa —que la solución militar es mejor a la política— también es contraevidente. Si el gran problema para alcanzar la verdadera paz es que los miles de combatientes se reintegren a la sociedad, será mucho más fácil hacerlo de manera ordenada y vigilada con la colaboración de los cabecillas, que saben que la continuación de la violencia sería su perdición política, a que luego de una derrota militar se desintegren los frentes guerrilleros y los recluten las Bacrim.
Es posible que los “ilusos”, como llama la oposición a quienes apoyan el proceso, sean otros, y que estén poniendo en peligro una oportunidad histórica de hacer la paz. Porque así como están quedando atrás los años del boom económico externo, pueden llegar vientos adversos en materia de seguridad. Como que las Farc se unan con fuerzas extremistas venezolanas, o con las Bacrim. La violencia en Colombia ha demostrado capacidad de adaptación para sobrevivir. ¿Quiénes son entonces los que están jugando con candela? ¿Cómo va a ser mejor una “buena” guerra que una “mala” paz?