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La agenda nacional (II)

13 de marzo de 2011 - 10:00 p. m.

A DIFERENCIA DE HACE UNOS MESES, hoy no es claro cuál es el principal tema de la agenda nacional.

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No parece ser la seguridad, no porque se haya abandonado, sino porque se está desmoronando la fe de los colombianos en la promesa de que mantenerla como prioridad nacional garantizaría el fin de la violencia. Múltiples evidencias recientes muestran que después de ocho años de apostarle ciegamente a la seguridad, los pronósticos eran falsos: “el fin del fin” y “la culebra sigue viva”, porque resultó que son dos culebras y una no sólo sobrevive sino que crece —las bacrim—.

Y porque el gobierno Santos diversificó la agenda. Muy seguramente no lo hizo previendo el agotamiento de la capacidad de la seguridad para seguir monopolizando la atención nacional, sino porque tiene un diagnóstico distinto al de su antecesor sobre la problemática nacional. Es imposible no ver que el diagnóstico según el cual los problemas de Colombia empezaban en la inseguridad, y por ende se solucionaban atacándola para generar confianza inversionista, es muy insuficiente y produjo daños colaterales.

Después de ocho años de “securitización” de la agenda, de financiarla a manos llenas y de promoverla con una aturdidora máquina de propaganda, los resultados son desalentadores. En lo político, el caudillismo que se decía indispensable para liderar la seguridad dejó un sistema político debilitado por el pluripartidismo y la corrupción generalizada, y unas instituciones maceradas por el reeleccionismo y la politización. En lo económico, las políticas de extrema derecha dejaron el país con más desempleo e informalidad del continente, y un crecimiento inferior al de varios países de la región durante el boom económico internacional de la década pasada. En lo social, la sociedad más desigual del continente, con avances muy inferiores al promedio regional en reducción de pobreza. En seguridad, se reventó la burbuja de inseguridad del cambio de siglo, desalojando a la guerrilla de las proximidades a las ciudades, pero se dejó sólido al narcotráfico y por ende las Farc se mantienen en sus cifras históricas y crecen nuevamente las bandas narcotraficantes, expandiéndose a nuevos negocios criminales. En lo internacional, el extremismo pro Bush dejó un clima adverso al país tanto en el subcontinente como en las instancias decisivas de los Estados Unidos.

El gran reto para el presidente Santos es hacer que el país entienda que una agenda nacional más compleja que la de Uribe no es sinónimo de confusión, sino todo lo contrario. Que la seguridad es esencial, pero no hay un factor capaz de resolver todos los problemas. Que la sociedad colombiana no puede dejar el mejoramiento social para cuando consiga la paz, porque el camino para conseguirla es precisamente atacar los múltiples problemas que alimentan la violencia. Que no es cierto que baste con eliminar a las Farc.

Que no basta con que un líder imponga su visión como agenda nacional, ni que administre el cambio para evitar la percepción de que las pérdidas que genera son mayores a los beneficios. Que lo más importante es que la agenda nacional parta de un diagnóstico adecuado para que pueda producir soluciones duraderas.

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