CUANDO UN POLÍTICO ALCANZA LA presidencia, deja de emular con sus contemporáneos y empieza a hacerlo con sus predecesores, y su verdadera batalla comienza a ser con la historia. Por eso, a lo único que le teme un gobernante más que a hacer un gobierno peor que el de su antecesor, es a que su obra de gobierno sea intrascendente.
Sin embargo, casi siempre todo contribuye a que así sea. Las realidades pragmáticas de la política y la inmovilidad del Estado tienden a frustrar las promesas de cambio de los gobernantes, y a someterlos resignadamente al statu quo. Por eso son tan escasos los presidentes que alcanzan un puesto destacado en la historia. Los que no lo alcanzan no solamente carecen de capacidades excepcionales, sino del esquivo e irreemplazable concurso de la historia.
En la lista que contiene la evaluación de un grupo amplio de historiadores sobre la calidad de los presidentes norteamericanos, George W. Bush aparece en los últimos lugares. Pero en el tope de la lista no están presidentes como Eisenhower o Clinton, que gobernaron durante períodos de prosperidad y paz, sino aquellos que, como Lincoln, Roosevelt y Reagan, marcaron eras duraderas.
Porque las grandes obras de gobierno sólo se alcanzan mediante grandes virajes históricos, y éstos sólo son posibles en medio de grandes desafíos. Sólo las crisis, los momentos de miedo y desconcierto, las grandes amenazas, permiten obras de gobierno trascendentes. Los entornos históricos apacibles les niegan a los grandes hombres el escenario para probar su grandeza.
La suerte de Barack Obama estriba no sólo en que reemplaza a un gobierno fracasado, sino que a dos meses de su elección, se vino abajo toda la era Reagan, destruyendo los principios aceptados sobre el papel del Estado que guiaron la dinámica de la política estadounidense durante los últimos treinta años. Esas ruinas significan para Obama una dificilísima tarea, pero a la vez la oportunidad histórica de “rehacer los Estados Unidos”, como sentenció en su discurso de posesión. Y de hacerlo libre de recetas ideológicas y de talanqueras partidistas, declarando una “era de responsabilidad” que le permite reclamar colaboración de los ciudadanos antes que ofrecer resultados. Obama se encuentra frente a grandes retos, pero libre del inmovilismo tradicional del sistema, lo que le permitirá hacer lo que hacen los grandes líderes: alinear el proceso político y las instituciones con nuevas ideas, para rediseñar aspectos centrales de la vida de sus pueblos.
Por culpa de la recesión heredada de la administración Carter, Ronald Reagan bajó en las encuestas durante los primeros dos años de gobierno. Pero gracias al mejoramiento de las condiciones económicas y a su discurso revolucionario, arrasó en las siguientes elecciones y construyó un credo político que dominó la política mundial durante casi treinta años. Si la economía rebota dentro de los próximos cuatro años, Obama habrá roto grandes paradigmas de la política norteamericana, incluido el central sobre el papel del Estado, y construido una nueva era de pragmatismo que le permitirá no sólo conseguir una fácil reelección, sino un puesto destacado en la historia de la humanidad, porque en política lo que cuenta son los resultados.
*Analista político, investigador en opinión pública.