Así como los ciudadanos no cambian gobiernos en medio de las guerras, es posible que los colombianos no cambien de gobierno en medio de un proceso para terminar la guerra. Ningún presidente estadounidense ha sido derrotado para su reelección en tiempos de guerra.
Algunos dirán que una cosa es la guerra y otra muy distinta la paz, y más aún, que una cosa es la victoria militar y otra el armisticio. Pero el sentido de que no es tiempo de cambiar de rumbo cuando se está en medio de una situación que puede afectar gravemente el futuro en materia de seguridad no aplica solamente para cuando se está a punto de ganar la guerra. Es el caso de Nixon con Vietnam, cuya delicada función era sacar al país de una guerra perdida sin perder la dignidad; “paz con honor” se llamó.
La historia dirá que no fue cierto que la guerra con las Farc estuvo a punto de ser ganada —contra el triunfalismo populista del “fin del fin”—, sino que el esfuerzo militar de los primeros años del siglo mejoró la relación de fuerzas para facilitar una paz con honor, ante la evidencia de cincuenta años de que las guerrillas no eran derrotables militarmente gracias a las ventajas que les otorgan la geografía, el narcotráfico, las condiciones sociales del campo y la herencia ideológica y militar de la Guerra Fría. El Plan Colombia, elaborado por el ejército más poderoso del mundo y con mayor experiencia en fracasos en la guerra de guerrillas, no buscaba la victoria, sino fases de fortalecimiento militar para llegar a la última: la de negociación y acuerdo con la guerrilla. Fue la doctrina de la seguridad democrática la que cambió el nombre del programa para incluirle el elemento populista de la promesa tácita de derrota de las Farc.
La opinión pública no tiene aptitudes para profundizar en temas complejos, pero sí una enorme capacidad para tomar decisiones de sentido común, especialmente cuando se trata de temas que la tocan directamente. El sentido común dice que si después de cincuenta años de desangre, y de una década de los mayores esfuerzos militares, económicos y políticos para terminar la guerra por la vía militar, las Farc conservan miles de hombres, cientos de millones de dólares anuales en ingresos, influencia en sectores del país y capacidad militar para golpear al Ejército y a la Policía y para asesinar a la población civil, se debe intentar la paz negociada con justicia transicional.
Esta lógica de la campaña presidencial puede ser lo que la hace “aburrida”: que el grueso de la ciudadanía perciba que por encima de sus preferencias e insatisfacciones políticas hay una lógica inatajable, la de la paz con honor —que las guerrillas acepten su fracaso y dejen las armas a cambio de participación democrática—, y que reduce la oposición al proceso de paz a los detalles, en este caso, a la reglamentación del acuerdo en el Congreso, donde estaría Álvaro Uribe para evitar concesiones excesivas.
Pero el hecho de que el 23% del electorado aún no decida por quién votar y que el 27% piense hacerlo en blanco muestra que la apatía no permitirá una victoria de Santos en primera vuelta, porque los votantes necesitan garantías de que será una paz con honor. Quizás en la escogencia del vicepresidente esté el mensaje que los indecisos esperan.