Parecería que hubiera nacido en este siglo una nueva iglesia protestante, con papas, predicadores y fieles.
Protestante porque millones de ciudadanos protestan, a toda hora y todos los días, en eco desde las redes sociales y personales, contra casi todo, especialmente lo que es institucional o distinto a su pensamiento. Iglesia porque se agrupan para rendir culto a la protesta, creyendo ciegamente en cada una y desconfiando de toda noticia o afirmación positiva u optimista, generando olas de indignación que los medios de comunicación amplifican convirtiéndolas en encíclicas virtuales.
La protesta en las redes sociales contra la venta de Isagén la semana pasada creció como espuma, usando argumentos económicos, políticos y ambientales de manera tan pasional (ej: ¡están entregando nuestra biodiversidad!) que terminó convertida en una tormenta de indignación moral que combinaba folclóricamente preocupaciones económicas razonables (es un bien rentable), con mentiras ignorantes (recursos se van a invertir en mermelada) y acusaciones éticas graves (se manipuló la subasta para que solo participara un oferente).
Dice Thomas Friedman, el columnista del New York Times, que encontró en el periódico The Guardian de Londres, en la sección “Protestas”, una historia titulada “Vivimos en la era de la protesta”. Que hasta el presidente Obama encontró una forma “única” de protestar: llorar de impotencia ante las consecuencias de las absurdas leyes sobre armas en Estados Unidos. Friedman piensa que esta era de protesta está siendo empujada porque las tres fuerzas más grandes del planeta —globalización, ley de Moore y la madre naturaleza— están acelerándose, creando un motor de disrupción que está estresando países fuertes y clases medias, y golpeando los débiles, mientras empodera individuos y transforma la naturaleza de trabajo, liderazgo y gobierno, todo a la vez.
El experto en liderazgo Dov Siedman explica que la “gente en todas partes parece moralmente excitada”. Cita al filósofo David Hume: “la imaginación moral disminuye con la distancia”, para sostener que “ahora que no tenemos distancia —parecería que estamos todos en un teatro atestado, haciéndolo todo personal— estamos experimentando las aspiraciones, esperanzas, frustraciones, y dificultades de otros de manera directa y visceral. Cuando la excitación moral se manifiesta como indignación moral, puede inspirar o reprimir una conversación seria, o la verdad”. “Es como vivir en una tormenta de nunca acabar”, mientras que resolver disputas morales “requiere perspectiva, contexto de fondo y la habilidad de hacer distinciones significativas”. Requiere líderes “que inspiren a la gente a hacer una pausa y reflexionar, para que en lugar de reaccionar gritando en 140 caracteres puedan canalizar todo esta indignación moral hacia conversaciones profundas y honestas”.
Los indignados morales son presa fácil de populistas, como muestra el éxito en las encuestas y en Twitter de Donald Trump. Colombia está próxima a una campaña muy delicada, la del plebiscito para aprobar o no los acuerdos de paz que se lleguen a firmar con las Farc, quizá la decisión más importante en décadas. Si se manipula por la iglesia protestante de las redes sociales, los colombianos no podremos tomar una buena decisión.