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La ola blanca

02 de marzo de 2014 - 10:00 p. m.

Como la verde hace cuatro años, la gigantesca ola blanca de electores inconformes romperá antes de llegar a tierra, y no producirá efectos perdurables.

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Pero no por eso la intención de voto en blanco en niveles del 30% del electorado (sumado a indecisos es la mitad) deja de ser el hecho político de estas elecciones, como lo fue la ola de apoyo a la candidatura de Antanas Mockus en las anteriores. Ambas son expresiones de un mismo fenómeno: el rechazo de una porción de la sociedad colombiana al sistema político clientelista, que es a su vez representativo de la tendencia a la ilegalidad que se manifiesta más claramente en el ámbito público.

Algunos interpretan el escepticismo electoral actual como resultado del pesimismo que muestran las encuestas sobre el rumbo del país y, especialmente, de la falta de entusiasmo que producen los candidatos presidenciales. Esa es la lectura más fácil porque el presidente viene de una crisis grave de credibilidad que llevó su favorabilidad hasta el 27%, y candidatos como Óscar Iván Zuluaga y Marta Lucía Ramírez son desconocidos, poco telegénicos y no tienen propuestas novedosas.

Pero si la ola blanca es heredera de la ola verde, estaríamos ante un fenómeno recurrente y no simplemente ante una coyuntura de falta de carisma o de aburrimiento. La diferencia con las elecciones pasadas es que esas encontraron en Mockus una forma de expresión mucho más clara y emotiva, y en estas elecciones ninguno de los candidatos viables representó el anhelo de cambio. Tan no se trata de un fenómeno nuevo, que tiene muchos de los elementos de rechazo al sistema político clientelista que interpretó Luis Carlos Galán, actualizado por una nueva decepción, la de Álvaro Uribe, que se presentó en 2002 como una alternativa al bipartidismo, pero terminó esparciendo las prácticas clientelistas por siete partidos (cuatro de ellos desaparecidos por parapolíticos).

Aunque se desinfle el fenómeno en los próximos meses por la evidencia de que el voto en blanco no tiene capacidad de producir efectos permanentes, como lo hizo hace cuatro años cuando se hicieron evidentes las limitaciones prácticas de la propuesta verde, la realidad es que en Colombia están dadas las condiciones para que se produzca un cambio político de fondo. Un sector del electorado, que cada vez se acerca más al 50%, está maduro para escoger una alternativa al clientelismo. Es posible que en un futuro quien enarbole la bandera anticorrupción no sea un hombre responsable como Galán o Mockus, sino populista. De hecho, Álvaro Uribe ganó las elecciones de 2002 con la promesa de mano dura no sólo contra la guerrilla, sino contra lo que denominaba “politiquería”.

El riesgo está en que los partidos no lean acertadamente el mensaje del electorado, que lo banalicen como otra efervescencia pasajera y le dejen libre el camino al populismo anticorrupción. Es indudable que entre los males de los sistemas políticos bajos en legitimidad, el populismo es el peor. Por ejemplo, si se consiguiera la paz, sería gracias al apoyo del clientelismo, porque el populismo militarista está dando una lucha a muerte para que no se alcance. Reinsertada la guerrilla, la corrupción quedará como el único odio de los colombianos.

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