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La próxima política exterior

04 de julio de 2010 - 09:43 p. m.

LA POLÍTICA EXTERIOR ES EL ASPECto en que la administración Santos podrá marcar diferencias más fácil y rápidamente con el gobierno Uribe. Principalmente, porque la internacional ha sido quizás la política más ineficaz de Álvaro Uribe.

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Los resultados están a la vista: la diplomacia estuvo pignorada a los intereses de la seguridad regional y sin embargo ésta se encuentra en el peor momento desde el fin de la Nueva Granada. Por cuenta de una diplomacia al servicio de objetivos políticos internos, el país perdió miles de millones de dólares en comercio. Colombia se encuentra aislada en el subcontinente en materia de seguridad. La falta de cooperación regional se ha trasladado al tema antidrogas. El distanciamiento con el Partido Demócrata y el manejo poco estratégico del TLC han sometido al país a un tratamiento de dictadura africana por el récord de violación de derechos humanos de los sindicalistas. Las relaciones con Europa son débiles, con excepción del TLC, y en el frente asiático no hay avances significativos.

Para construir una nueva política exterior es necesario empezar por diferenciarla de la actual en al menos tres aspectos. Desmarcarla de la escuela idealista, que la tiene amarrada a la política interna, a la filosofía política de la seguridad democrática, para avanzar hacia una diplomacia más pragmática, de objetivos más ambiciosos y métodos más sofisticados. Una diplomacia que permita conciliar, en el caso de Venezuela, las necesidades de seguridad con las de comercio, y en el de Estados Unidos, la colaboración en materia de seguridad y drogas con autonomía para desarrollar relaciones propias con los vecinos. La reingeniería que requiere la diplomacia colombiana se parece a la que implementó Barack Obama para frenar la pérdida de influencia que venía sufriendo su país por los excesos internacionales de la administración Bush. Obama no cambió drásticamente los objetivos básicos de la política exterior norteamericana, pero sí la estrategia para conseguirlos, empezando por la forma.

Para pasar de combatir el apoyo estatal al terrorismo a una cooperación regional en seguridad, basada en el respeto de la soberanía de los vecinos, Colombia tiene que dejar el síndrome de Israel —sentirse rodeada de enemigos mortales y dependiente de los Estados Unidos para su supervivencia—. Esa es una hipótesis tan extremista como irreal, que hace al país preso de la paranoia, lo convierte en un renegado del derecho internacional y lo condena a usar la política exterior como arma de política interna.

Finalmente, se requiere despresidencializar la política exterior para poder profesionalizarla, desparroquializarla para que mire más allá de la región y despropagandizarla para no limitarla al cuento mercadotecnista de que pasamos de nación fallida a remanso próspero, que está desgastado y sufre de mal de realidad.

Pero con estos cambios la política internacional sólo saldrá de su rudimentariedad. Para convertirse en un motor de desarrollo, requiere una combinación de audacia y pragmatismo. En ningún otro tema Colombia tiene más potencial de liderazgo que en buscar cambiar el paradigma de la prohibición a la mitigación del daño de las drogas ilícitas, que no sólo es inevitable sino necesario para reducir la demanda.

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