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La sociedad víctima

21 de diciembre de 2014 - 09:00 p. m.

Las mayorías se sienten hoy víctimas de las minorías con poder. La inconformidad frente a las instituciones y sus agentes está convirtiéndose en sensación de victimización colectiva.

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Las mayorías asumen que son virtuosas mientras que las minorías no lo son porque atienden intereses personales en desmedro de lo colectivo. Se sienten víctimas de los fallos de la justicia, de la calidad de las leyes, de las intenciones del gobierno, de la capacidad de las autoridades.

No se trata solamente del desgaste de la democracia o del debilitamiento de las instituciones. Implica la personalización de los problemas. Si la política gubernamental es buena, le atribuyen un interés soterrado al funcionario que la impulsa. Se piensa que las reformas necesarias que introduce el ministro al sistema de salud buscan preservar los intereses de las EPS. Que el presidente de la república lo que busca con el proceso de paz es el Nobel de Paz. Que cuando un juez da casa por cárcel, fue sobornado. Que el Partido Liberal no apoya el proceso de paz porque esa es una de sus banderas ideológicas, sino por “mermelada”.

Por supuesto que hay razones de sobra para que los ciudadanos sientan desconfianza de muchas instituciones y autoridades. Lo cuestionable es la premisa de las mayorías: que tienen comportamientos radicalmente diferentes a las minorías. Los ciudadanos se atribuyen un comportamiento ejemplar. Los problemas de la justicia son exclusivamente de los jueces y no de una cultura de la ilegalidad extendida por toda la sociedad. La mermelada es un vicio de los políticos que no tiene que ver con el clientelismo en que los ciudadanos votan por políticos a cambio de prebendas personales. La corrupción de la Policía no tiene que ver con que los ciudadanos sobornan agentes. La falta de inversión pública es resultado de la corrupción de los funcionarios y no de la evasión de impuestos.

En realidad, las mayorías comparten la cultura de las minorías. Sin embargo, las mayorías creen que la violencia es un problema de las Farc, cuando la violencia política no supera el diez por ciento del total, y los ciudadanos generan gran parte de las conductas violentas. El “monstruo” es el conductor ebrio que causa la muerte a una persona, cuando la mayoría de ciudadanos también conduce en estado de embriaguez. La paz no se da porque las Farc son violentas, cuando la mayoría de colombianos prefiere la solución militar a la política, es decir, la solución violenta.

Hay muchas explicaciones para ese comportamiento, empezando por el mal funcionamiento de muchas instituciones. Otra es el crecimiento de la clase media, que tiende a considerar que su progreso es fruto solo de su esfuerzo, y se siente desprotegida por el Estado. Al populismo de oposición, que promueve la desconfianza en las instituciones para impulsar soluciones caudillistas, y busca generar pesimismo para beneficio electoral. A la actitud facilista de algunos medios de comunicación, que visten su falta de investigación con la indignación del hombre común.

La victimización atrofia la capacidad de la sociedad para hacer autocrítica y asumir responsabilidades, porque reduce las problemáticas a “otros”. Es indudable que tenemos problemas institucionales, pero son mayores los culturales.

 

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