El presidente Santos habría podido devolver la acusación de estar llevando el país al “castrochavismo”, culpando al uribismo con una fórmula igualmente demagógica: la de la amenaza del putinfujimorismo.
Santos escogió pasar la discusión de lo demagógico a la ideológico. Una discusión aplazada, por la estrategia de Álvaro Uribe de difuminar la real orientación política de su gobierno, de desorientar a la opinión pública con el nombre eufemístico de su nuevo partido político y de degradar la discusión política con efectismos a través de Twitter, esos sí, por dogmáticos y populistas, de estilo castrochavista.
Con la convocatoria de importantes líderes mundiales a Cartagena para el foro sobre la Tercera Vía, Santos logró dos objetivos: fijar claramente la orientación ideológica de su segunda administración y ridiculizar el engendro laureanista del “castrochavismo”. Con ello les puso nombre a los dos grandes campos que se expresaron en las elecciones presidenciales: el centro santista y la derecha uribista.
Haciendo un paralelo con expresidentes como Clinton, Blair o Cardoso, Santos dejó claro que su orientación política le permite hacer énfasis progresistas sin que impliquen abandonar su vocación centrista. Y exhibiendo el apoyo al proceso de paz de líderes con grandes credenciales anticomunistas y antiterroristas como Clinton y Blair, dejó sin sustento la tesis de que es peligroso negociar una salida política al conflicto interno. Alabado por Clinton, que bombardeó a Serbia y apoyó el proceso de paz de Irlanda, y por Blair, que invadió a Irak y lideró la paz en Irlanda, el proceso de paz se ve como una apuesta estratégica y no como una ingenuidad.
Este realinderamiento ideológico es necesario para confrontar dos visiones extremistas. La del populismo anti Farc, que caricaturizó tanto el espectro político durante los últimos años —reduciendo las alternativas a uribismo o chavismo— que se produjo un congelamiento ideológico que obstaculiza reformas urgentes en materias electorales, del campo, de salud, laborales, tributarias, entre otras. Y la visión de la izquierda, empecinada en negar las diferencias entre Santos y Uribe por el hecho de que ambos apoyan la economía de mercado y el libre comercio, que equivale a desconocer las diferencias entre Clinton y Bush por el hecho de que ambos defienden el capitalismo y la globalización.
La tercera vía que plantea Santos debe evaluarse más desde el punto de vista práctico que del teórico. Evaluando su pertinencia para la actual coyuntura del país, porque no hay soluciones ideológicas perfectas, sino énfasis más o menos apropiados de acuerdo con las circunstancias. Evaluar si así como la coyuntura de inseguridad en 2002 requería una receta conservadora, la de la posibilidad de terminar el conflicto armado hoy requiere de métodos liberales.
No hay duda de que una aproximación pragmática como la de la Tercera Vía es más afín con la Constitución del 91 y facilita conciliar intereses públicos contrapuestos para solucionar los grandes retos del país en este momento, como el de la paz y la justicia, el crecimiento y la igualdad, la minería y el medio ambiente, la economía campesina y la agroindustria, entre muchos otros.