Al final del gobierno de Álvaro Uribe muchos creían que se había roto para siempre la tradición política vigente desde el inicio del Frente Nacional.
Una tradición de gobiernos de centro derecha, matizada por períodos con acento hacia la derecha (gobierno Turbay) y la izquierda (administración Samper), y por más reformismo (gobiernos Lleras Restrepo y Gaviria) o menos (administraciones Pastrana).
Uribe derrotó al bipartidismo y corrió el péndulo ideológico hacia la derecha, desarrollando, bajo la vestimenta de la seguridad, políticas más parecidas a las de Laureano Gómez que a las de Ernesto Samper, jefe político del sector en que militó Uribe dentro del liberalismo. Creó un sistema multipartidista, repartiendo su capital político entre siete nuevos partidos (a la parapolítica sólo sobrevivieron tres). Pero el extremismo ideológico de Uribe abrió un espacio nuevo para la izquierda: en las elecciones presidenciales de 2006 obtuvo cerca del 25% de los votos en primera vuelta; para el triunfo de dos alcaldes de Bogotá; para la consolidación parlamentaria del Polo Democrático; y para el surgimiento de un líder popular que luego sería el primer mandatario realmente de izquierda en la historia de Colombia: Gustavo Petro.
La tesis de que se había roto para siempre la tradición política de la segunda mitad del siglo XX duró poco. El período uribista no resultó ser un giro histórico sino un paréntesis. Primero porque no dejó reformas estructurales de orden institucional, que son las que perduran (salvo la reelección). Segundo, porque desde el discurso de posesión, Juan Manuel Santos devolvió el país a la tradición liberal, con reformas como la restitución de tierras, una política internacional pragmática y finalmente la búsqueda de la terminación del conflicto por la vía política. La Unidad Nacional redujo el naciente multipartidismo a la forma, porque regresó a la colaboración liberal/conservadora y se empezó el camino de la reunificación liberal, que si gana la reelección Santos, será el gran legado político de su segundo gobierno.
Pero surge de nuevo el interrogante: siendo la tradición frentenacionalista hija del conflicto interno (gobiernos de centro derecha por colaboración liberal/conservadora), ¿una eventual paz producirá un realinderamiento de fuerzas políticas? ¿Y éste traerá un verdadero multipartidismo, caracterizado por tres sectores: una derecha dedicada a los temas de la seguridad (vigentes en el posconflicto), un centro conformado por el viejo bipartidismo con énfasis en la línea reformista liberal, y una izquierda con vocación de unidad ante la desaparición del dilema del apoyo o no a la lucha armada? ¿Y el nuevo escenario consolidará tres figuras para cada uno de esos sectores: Álvaro Uribe a la derecha, Germán Vargas en el centro y Gustavo Petro a la izquierda?
Si en las elecciones legislativas la derecha obtuviera cerca de un quince por ciento de las curules del Senado, y lo propio hiciera la izquierda (sumados Polo y Alianza Verde), no cambiaría el fondo de la política, pues si Santos es reelegido y la Unidad Nacional mantiene las mayorías de dos tercios, y hace alianzas con la izquierda moderada para reglamentar la paz, continuaría en el poder, relegitimada por la paz, la tradición liberal.