Debería ser un requisito de posesión que los presidentes expusieran claramente su visión.
Esa idea que encierra el diagnóstico que hacen de su sociedad, la meta que buscan alcanzar con su gestión y la fórmula para conseguirla. La visión es la base del liderazgo, porque señala la tierra prometida y dibuja el plan de vuelo, pero sobre todo, porque cuando el líder encarna con su ejemplo los valores de su visión, genera la confianza que se requiere para inspirar a otros a que lo sigan.
Juan Manuel Santos presentó su visión en el discurso de posesión. “Esta visión —Colombia en paz, con equidad y educada— es sencilla de recordar, ardua de lograr y profunda en su significado. ¿Y por qué estos tres pilares? Porque, si los alcanzamos, seremos un país totalmente diferente para siempre. Imparable. Próspero. Admirado. Respetado. Líder”, explicó el 7 de agosto.
Toda visión tiene dos grandes retos. Construirla, de manera que contenga un diagnóstico acertado de la problemática, que aplique la solución correcta y encuentre los vehículos para hacerlo. Y comunicarla. La historia está llena de visiones admirables, construidas por hombres lúcidos que no supieron o no lograron comunicarla adecuadamente. Porque concretar visiones no es tarea de sabios sino de líderes. Personas capaces de conseguir que otros entiendan su visión y quieran llevarla a cabo en conjunto. Porque la visión no se comunica solo con palabras o argumentos, sino con el ejemplo.
Como construyó una visión sólida, profunda, Santos consiguió una aceptación tácita, inmediata. Ni sus mayores opositores se atrevieron a cuestionarla. Pero le queda la difícil tarea de convencer a los colombianos de que cree en ella con pasión —con sensación de propósito— para que parezca genuina y no una fabricación política. Y le falta demostrar que la visión es viable —económica y políticamente—, pero sobre todo, que el Gobierno va a hacer de ella una verdadera prioridad, que el presidente va a hacerla su legado, por encima de las coyunturas y obstáculos que se presenten. Solo cuando los colombianos crean que Santos trabaja infatigablemente por esa visión y comprueben que es viable un propósito tan ambicioso, la harán suya y se desplegará completa la fuerza poderosa del liderazgo público para poner a trabajar una sociedad en pos de un propósito colectivo.
Como la visión tiene tres elementos, Santos tendrá que explicar hasta el cansancio por qué van juntos, por qué se necesitan entre ellos y por qué la paz debe ir primero. Y luego, hacerla realidad, presentándola como el primer paso del gran desafío. Cuando los colombianos vean que un presidente fue capaz de terminar cincuenta años de guerra mediante un acuerdo sensato con la guerrilla, en medio de un mar de escepticismo y una oposición feroz y populista, seguramente empezarán a creer que el país puede transformarse profundamente y a fijarse metas ambiciosas como las que propone la visión de Santos. Como en todo reto de liderazgo adaptativo en que no hay soluciones técnicas sino que dependen de cambios culturales, Santos tiene que atender las preocupaciones legítimas de los colombianos por los costos de esos cambios. Convencerlos de que son justificados y de que son la cuota inicial de una Colombia en paz, con equidad y educada.