Durante ocho años se creyó que la alta favorabilidad del presidente en las encuestas se debía al mejoramiento de la situación de seguridad.
Parecería que esa tesis no es completamente cierta, porque mientras la percepción ciudadana sobre la seguridad ha desmejorado mucho, los índices de favorabilidad presidencial se mantienen muy altos. El fenómeno puede deberse más a que durante los últimos años Colombia, como otros países de América Latina, ha vivido uno de los periodos de mayor crecimiento económico de la historia gracias principalmente al incremento de los precios de materias primas en el mercado mundial, lo que se refleja en el boom de consumo que viene registrando la economía colombiana, a pesar del desempleo y la desigualdad.
Es explicable que se haya creído ciegamente en la tesis de la seguridad, porque ésta se presentó durante años como la fuente de casi todo: del crecimiento económico, de la cohesión social, hasta de un émulo del Estado de derecho, el Estado de opinión. Obviamente el mejoramiento de la seguridad incidió en el incremento drástico de los índices de favorabilidad presidencial de Andrés Pastrana a Álvaro Uribe. Lo que no está claro es si la seguridad tuvo una incidencia mayor que la economía, y sobre todo si fue en realidad el factor propiciatorio del mejoramiento, no sólo de los indicadores de favorabilidad, sino de los económicos. El caudillismo tampoco explica que Colombia haya entrado en una fase de alta favorabilidad presidencial, pues el presidente Santos ha abandonado el personalismo.
No sería extraño que el buen estado de la economía haya sido el principal inspirador de la primavera de opinión pública de los presidentes, estudios han demostrado que así como el terrorismo o la violencia son los factores que más rápidamente cambian la percepción de los gobiernos y el clima de opinión, hay una relación estrecha entre economía y política, que tiene más incidencia de largo plazo que otros factores.
El tema de la favorabilidad presidencial no es de poca monta. No sólo es relevante para los intereses políticos de las facciones políticas en el poder y para el prestigio de los gobernantes. Es la savia de la democracia moderna, la que hace y deshace gobiernos, pero sobre todo es el vehículo para que una sociedad pueda acometer grandes empresas. Un gobierno con bajos niveles de favorabilidad hoy es un eunuco político. La gobernabilidad en sociedades cada vez más complejas, más divididas, con ciudadanías indómitas y partidos políticos con menor tracción social, depende fundamentalmente del liderazgo presidencial, que es en últimas lo que miden las encuestas.
Por eso, si el elemento fundamental de la gobernabilidad colombiana de los últimos años es más la economía que la seguridad, y aquélla a su vez ha dependido en buena parte de las condiciones externas, las riendas han estado en manos tanto de la mano invisible de la globalización como de la gestión presidencial. La conclusión sería que en la pirámide uribista es la economía la que ha estado en la base soportando a la seguridad, y no al revés. Y que la popularidad presidencial de los últimos años ha tenido tanto de inspiración china como de paisa, pues como dice la frase del estratega político de Bill Clinton: ¡es la economía, estúpido!