El Plan Colombia puede ser el título de un cuento de terror sobre los 15 años que tomó llenar una silla vacía.
Pero que tuvo la virtud de ser democrático. Contó con consensos políticos y de opinión pública amplios tanto en Estados Unidos como en Colombia.
Tuvo detractores de izquierda que advertían sobre los peligros de la entrega al imperialismo norteamericano —invasión por invitación lo llamaban—, el contrario perfecto de la tesis de la entrega al castrochavismo. Y en Estados Unidos quienes veían el riesgo de quedar atrapados en un nuevo Vietnam. Interpretaciones apocalípticas que hoy parecen tan ciegas y exageradas como seguramente se verán en unos años las objeciones a que Colombia desarme a las Farc y las someta a la legalidad, a cambio de permitirles proponer modelos políticos derrotados económica y electoralmente en el subcontinente.
Por democrático, el Plan pudo hacer tres cosas que resultaron vitales para su éxito: partir de un diagnóstico complejo sobre el conflicto colombiano, mantenerse durante un período tan largo, y adaptarse a distintos gobiernos.
El diagnóstico complejo fue fruto de que el Gobierno demócrata que lo propuso —el de Bill Clinton— contó con la oposición de buena parte de los congresistas de su propio partido, y tuvo que depender de los votos republicanos para su aprobación. Al punto que inicialmente incluía prohibiciones de utilizar recursos para lucha antiguerrillera. Eso permitió que el Plan tuviera componentes sociales e institucionales, además del militar, que permitieron trabajar en campos como el del respeto de los derechos humanos y el fortalecimiento institucional, pero, sobre todo, que admitiera desde el principio que se requería combinar la vía militar con la política para cerrar el conflicto.
Haberse extendido durante más de 15 años le permitió al Plan Colombia esperar pacientemente mientras la historia producía hechos que él no controlaba, y sin los cuales no habría tenido éxito: la muerte de Tirofijo, el boom económico de la primera década del siglo que permitió aumentar significativamente la inversión en seguridad, la evidencia de que la vía militar no era suficiente para terminar el conflicto, y la llegada, a los diez años, de un Gobierno con capacidad de culminar con éxito un proceso de paz. Solo durante un período tan largo fue posible desarrollar las tres fases del Plan: la primera, política, de un proceso de paz para neutralizar la arremetida militar de las Farc y ganar tiempo mientras se fortalecían las fuerzas armadas; la segunda, militar, para frenar el crecimiento militar de las Farc, adquirido con la llegada de las siembras de coca y amapola, y llevarlas de regreso a su tamaño histórico; y la tercera mixta, política y militar, para dar de baja a los principales cabecillas y desplegar una política internacional que forzaran una negociación política.
La adaptabilidad del Plan permitió que en Colombia se interpretara como un instrumento para combatir a las Farc y en Estados Unidos como una herramienta de la lucha contra la droga. Y permitió enfoques políticos tan distintos sobre el conflicto y el terrorismo como los de Pastrana y Clinton, Bush y Uribe, y Santos y Obama, cuyos cambios de contexto histórico podrían haberlo terminado a medio camino.