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Polarización (II)

26 de octubre de 2014 - 10:00 p. m.

La fuerte polarización política que se vive hoy en Colombia surgió de la animadversión personal del presidente anterior con el actual, pero está calando cada vez más en la ciudadanía.

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Lo paradójico es que uno de los principales impulsores de la polarización es un sector de la clase dirigente que no se da cuenta de que ésta va en contravía de sus intereses. Porque apoyar las posiciones cada vez más extremistas de la oposición obliga a la coalición mayoritaria, normalmente moderada y a favor de los intereses del Establecimiento, a moverse hacia la izquierda para poder conseguir los votos de los sectores populares y resistir el embate político que ejerce en su contra la polarización. Si esa tendencia continúa, las próximas elecciones presidenciales serán sobre dos modelos de sociedad cada vez más contrapuestos, y aunque la clase media está creciendo, las mayorías humildes seguirán teniendo la capacidad de imponer una agenda favorable a sus intereses.

La polarización de “élites” pasó a polarización popular, como se las llama técnicamente. Y es inevitable que una confrontación muy aguda, sostenida al más alto nivel de la política, secuestre la atención de los medios de comunicación y se extienda a todos los temas relevantes de la política, porque la polarización adquiere una inercia propia y cada coyuntura es una oportunidad para profundizarla y adquirir nuevos seguidores. Si el tema del momento es la educación, los agentes polarizantes tratan de buscar las contradicciones inherentes —entre estudiantes y maestros, por ejemplo— para promover los intereses de uno de ellos y así sumarlos a su causa. Y como en toda confrontación social aguda, aparece la ideología que le aporta una lógica común y sirve para legitimar intereses personalistas o electorales, arropándolos con el manto de valores e intereses superiores.

La oposición de derecha está adaptando al entorno colombiano las estrategias polarizantes del Partido Republicano, especialmente del ala extrema, Tea Party. Por eso el tema de oposición no es la reducción del Estado y de los subsidios, como en Estados Unidos, sino el término populista del “Estado derrochón”, enfocado en la nómina y la publicidad estatales, pero que no toca temas de fondo, como los billonarios subsidios condicionados, que fueron ampliados por el gobierno anterior.

La polarización no está impulsando un resurgimiento de los partidos políticos, con banderas programáticas fuertes, sino repitiendo el enfrentamiento personalista de los años cuarenta, alimentado de manera populista por el caudillo conservador y que terminó en la Violencia. La polarización actual tiene capacidad de dividir a la ciudadanía, pero no de influenciar las decisiones clave del país, porque la oposición es una fuerza parlamentaria minoritaria y carece de representación en el Ejecutivo.

En Estados Unidos, la agria polarización no mejoró la democracia sino que paralizó el sistema político, y ha caricaturizado los temas de la agenda nacional al punto que no es posible llegar a acuerdos sobre casi ninguno, impidiendo que la sociedad arregle sus problemas. Porque una cosa es el sano desacuerdo democrático, que estimula la racionalidad colectiva, y otra muy distinta la polarización, que promueve la irracionalidad y puede desbordarse hacia los medios, la justicia, etc.

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