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Quebrar los huevos

05 de agosto de 2012 - 06:00 p. m.

JUAN MANUEL SANTOS TIENE MUcho poder. Pero carece del poder esencial en la democracia moderna: el control sobre los símbolos, esos que manejan las emociones y así determinan no sólo las percepciones sino las interpretaciones de los ciudadanos. Y no tiene el poder simbólico porque no ha construido un único relato seductor que le explique a los colombianos cuál es su situación, hacia dónde ir y cómo llegar allá. El poder simbólico sigue en manos de Álvaro Uribe porque sigue vivo su relato.

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La crisis de confianza en el presidente que muestran las encuestas no es un problema de percepción sino de medición. Más que percibir erradamente al Gobierno, lo que está haciendo la gente es medirlo con los criterios que medía a su antecesor. Pero la culpa no es de los ciudadanos, porque Juan Manuel Santos no sólo no ha pedido que le cambien el examen, sino que refuerza los símbolos de Uribe insistiendo en aprobar el test de los tres huevos. Sin ver que son una trampa política monumental, porque le legaron unos huevos sin posibilidad de convertirse en gallos, y en cambio, con un altísimo riesgo de rompérsele en las manos. Pero sobre todo, que simbolizan objetivos equivocados: seguridad sin paz, crecimiento sin desarrollo, cohesión sin igualdad.

Santos recibió un huevo de la seguridad con graves problemas de resultados. Luego de diez años de un esfuerzo monumental, se había reventado la burbuja de violencia causada por la llegada de cultivos ilícitos que financiaron su avance hacia los centros urbanos, pero la guerrilla conservaba condiciones para sobrevivir y adaptarse, y las bacrim crecían. La conclusión inevitable era que habiendo fracasado la promesa implícita de la seguridad democrática —la derrota militar de la guerrilla— era insostenible la veda de la negociación política.

Pero el huevo de la seguridad consiste precisamente en inviabilizar políticamente y hacer moralmente inaceptable un acuerdo de paz. Por eso, mientras el Gobierno no lo rompa, estará atrapado en una sin salida. No tiene cómo derrotar a la guerrilla, pero tampoco puede pactar con ella, permitiendo que las Farc logren aparecer recuperándose y generen sensación de inseguridad.

Eso es interpretado por los ciudadanos como falta de firmeza, y en Colombia las encuestas no son una medición de resultados sino de percepción de firmeza. Así, el control de la imagen pública del presidente está en manos de Uribe, que no tiene sino que acudir a sus símbolos para debilitarlo políticamente. Santos cree que la salida es romper el paradigma anunciando súbitamente un acuerdo de negociación con la guerrilla. Pero eso tiene el riesgo de no aparecer como un logro sino como un acto de mayor debilidad aún.

Es inevitable decirle al país la verdad: que la promesa implícita de Álvaro Uribe de derrotar militarmente a la guerrilla resultó un espejismo populista, y sus acusaciones sobre falta de firmeza son para esconder esa realidad. Que su sucesor no tiene alternativa a intentar derrotarla también por la vía política, porque sin paz no habrá seguridad. Construir el símbolo de la paz sin caer en el derrotismo de Pastrana ni el triunfalismo de Uribe. El país ya superó el miedo a las Farc, falta que supere el odio, pero para eso es necesario enterrar el relato de Uribe —quebrar los huevos—.

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