Escribo esta columna sobre la mitad del gobierno de Iván Duque el 7 de agosto. Con dos grandes cataclismos como telón de fondo: una pandemia y la caída del jefe del partido de gobierno. Es inevitable recordar la borrasca fantasmal de la posesión presidencial de hace dos años —parecía sacada de la película La profecía— y no preguntarse si Iván Duque parece un personaje sacado de una tragedia.
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En el género teatral de la tragedia griega los personajes se enfrentan a destinos tan inefables como funestos. El ascenso vertiginoso de Iván Duque hasta la cúspide del poder parece fruto de un destino azaroso. Los dos hechos que hasta ahora definen su presidencia son ajenos a su control y posiblemente insuperables.
Dos eventos aparentemente accesorios marcan el desenlace del primer y del segundo acto del drama de su presidencia.
El primero fue la posesión presidencial. En ella el presidente del Congreso, a nombre del expresidente Álvaro Uribe y de todo su partido, dio lo que puede ser equivalente a un golpe de Estado. Le notificó a Duque y al país que el gobierno de unidad nacional que ofrecería a continuación el nuevo presidente en su discurso, cuya esencia era una inclinación ideológica hacia el centro basada en la oferta de un pacto con todos los partidos políticos, no era posible. Que tenía que respetar las banderas contrarreformistas y el talante retardatario del caudillo del partido, enfocándose en la demolición del legado santista.
De ese “golpe de opinión” nacieron los dos elementos que marcaron políticamente la primera mitad del gobierno. El abandono de los millones de electores no uribistas que habían votado para frenar a Gustavo Petro, ilusionados con que el talante moderado de Duque garantizaba un gobierno de orientación ideológica de centro. Y el abandono de la coalición política de segunda vuelta para formar un gobierno de partido, con alguna participación de conservadores y cristianos. Estos dos abandonos poselectorales generaron la pérdida de gobernabilidad que subyace a las dos principales características de la primera mitad del gobierno Duque: la falta tanto de grandes iniciativas de cambio como de logros importantes y la aguda impopularidad.
El segundo acto que empieza hoy también puede estar signado desde el principio, por un segundo golpe de opinión propinado a Duque por otro dogmático miembro de su partido. Cuando el ministro de Hacienda incomprensiblemente decidió ir en contravía de la inmensa mayoría de países y no proteger el empleo en la pandemia, aceptando subsidiar las nóminas solo cuando ya se habían perdido cinco millones de trabajos y quebrado más de un tercio de las micro y pequeñas empresas, que generan el 85 % del empleo, prácticamente sentenció el desenlace del segundo tiempo del gobierno, que tendrá una aguda crisis social y graves consecuencias políticas. Si la pandemia le ofrecía al presidente Duque una segunda oportunidad, la destrucción consumada del empleo puede haberla derrochado. El ministro puede haber guardado el endeudamiento para financiar los presupuestos de 2021 y 2022 y no tener que hacer reforma tributaria. O puede solo haberlo pateado hacia adelante, y la pérdida del grado de inversión, que seguramente le tocarán a otro ministro.