NO CUMPLE SU FUNCIÓN UNA CAMPAña presidencial en la que no se hace el balance de la gestión del gobierno que termina.
Porque sin ese examen no es posible hacer un diagnóstico de la situación real del país, y sin él las decisiones electorales que se tomen carecen de sustento racional.
La emergencia de la salud está demostrando que la gestión de un gobierno no se reduce a los temas en que ha hecho énfasis, porque debajo del puente de la retórica oficial corren ríos de problemas caudalosos, que sólo se detectan cuando se desbordan. Y que esos problemas sin resolver dicen tanto sobre la calidad del gobierno, como los resueltos.
Las campañas presidenciales sirven para que las sociedades se hagan una pregunta elemental: ¿qué problemas resolvió el gobierno saliente y cuáles dejó sin resolver? Pues los buenos gobiernos se miden por los problemas que resuelven, los mediocres por los que evaden, y los malos por los que crean. Es esencial hacer un diagnóstico de la situación que deja un gobierno para entender las necesidades de la coyuntura histórica y escoger la visión más adecuada de los candidatos presidenciales.
En la campaña presidencial actual el balance de gestión es especialmente necesario por tres aspectos: porque algunos candidatos tienen como bandera el continuismo, lo que implica que además de servirse de lo positivo tendrían también que responder por lo negativo del Gobierno; porque este Gobierno tiene una particularidad poco común —ser considerado por algunos como de los mejores de la historia, y por otros como de los peores—; y porque habiéndose mantenido el presidente Uribe en campaña permanente, llegó el momento de distinguir entre la percepción y la realidad.
No se está haciendo el balance del gobierno Uribe porque el referendo creó la ilusión de que es una obra en proceso, y el Presidente alega que ocho años no son suficientes en materia de seguridad. Por eso sólo se hace un balance recortado, limitado a los aspectos más visibles de la agenda pública, que por el control que sobre ella tiene el Gobierno se reducen a la seguridad democrática, y en menor grado a la confianza inversionista.
El balance de gobierno que debería estarse haciendo es sobre cuáles son las grandes realizaciones de Uribe, aquellas que siendo perdurables cambiaron el curso de la historia colombiana. Porque las simples mejorías valen para alimentar la popularidad, pero no alcanzan para pasar el juicio de la historia. Ese balance debe versar sobre cómo deja al país en materia institucional, económica, fiscal, de seguridad, sobre si se han hecho las reformas necesarias en materia de salud, de educación, de competitividad, si se ha reducido la desigualdad, la impunidad, si ha tenido verdadero éxito para reducir el narcotráfico, la corrupción administrativa, el clientelismo, si ha tenido avances en materia de seguridad ciudadana, de generación de empleo, de construcción de infraestructura, si ha fomentado la integración regional, si ha reducido las tensiones sociales, si ha depurado el sistema político, si ha fortalecido las libertades públicas y respetado la ley. Las comparaciones no deben hacerse sólo con gobiernos anteriores, que enfrentaron condiciones más difíciles, sino con países con niveles de desarrollo similar, y con estadísticas mundiales.