Con el inicio del proceso de paz, Juan Manuel Santos rompió finalmente los huevos que le encomendó preservar Álvaro Uribe.
En la lógica uribista la confianza inversionista y la cohesión social son un subproducto de la seguridad y, por ende, roto éste, cayeron los otros dos al suelo. Esa rotura marca la emancipación de Santos del proyecto político uribista. De ahora en adelante, para la historia Uribe será el presidente de la guerra y Santos el de la paz. Si ésta se consigue, Santos habrá eclipsado la obra de Uribe; si no, al menos su primera administración quedará bajo la sombra del expresidente.
No son combatibles las dos políticas porque cuando Santos dijo “la victoria es la paz”, en realidad quiso decir: sin paz no hay seguridad. Y cuando Uribe decidió presentar el proceso de negociación como una ruptura de la seguridad democrática y no como la continuación natural de ésta, le apostó a su fracaso y supeditó su impronta histórica al resultado del proceso de paz.
Ese quiebre tiene de positivo que así Santos asume finalmente las banderas de su causa política y renuncia a usufructuar las del expresidente, porque a pesar de que el distanciamiento entre los dos tiene ya casi dos años, Santos insistía en que estaba cuidando el legado político de Uribe para no sufrir el desgaste de abandonar la tesis de cero tolerancia frente a las Farc que dominó la política colombiana durante los últimos diez años. Está bien que el presidente Santos tenga la oportunidad de intentar la fórmula de la paz luego de que el país invirtiera una década en tratar obsesivamente de derrotar militarmente a la guerrilla, pero también que se reconozca que, como sostiene el expresidente Uribe, no está continuando la seguridad democrática porque ésta considera moral, táctica y políticamente inaceptable negociar en las circunstancias actuales.
Con la salida del clóset, Santos deja de jugar el papel de rudo heredero de Uribe y cierra finalmente la incoherencia política de asegurar estar cumpliendo el discurso de la campaña presidencial cuando realmente estaba ejecutando el discurso de posesión. Así retoma el control de su imagen pública, clarifica su visión y su comportamiento y, sobre todo, introduce un relato de su presidencia que es comprensible y creíble para el ciudadano común. Con la apuesta por la paz, Santos deja de ser el hijo receloso del expresidente para convertirse en su contradictor histórico, y la discusión deja de ser si Santos traicionó a Uribe o no, para pasar a la sustancia sobre cuál es el mejor camino para terminar la violencia.
Por fin los colombianos tienen claro cómo piensa Santos, y por qué resultados medirlo. Independientemente de si se está de acuerdo con el proceso de paz o no, hay que reconocer que con él Santos se está jugando la Presidencia, su reelección y su puesto en el ranking de presidentes. Y al hacerlo, por primera vez en su vida política le pone el pecho de frente al escrutinio popular. E independientemente de si se está de acuerdo con la oposición de Uribe a la negociación con las Farc, hay que reconocer que con ella está poniendo en riesgo su prestigio y apoyo popular, que son grandes. Y al hacerlo, por primera vez en su vida se arriesga a ir en contravía de la opinión pública.