Recordemos una fotografía de Nathan Weber, tomada en Puerto Príncipe, después del terremoto de Haití en 2010: siete reporteros gráficos buscan el mejor ángulo del cadáver de una adolescente sobre el pavimento. Una de esas fotos, de Paul Hansen, fue premiada.
“Profe, si uno está en posición de ayudar: ¿obtura para que la fotografía sea representativa e impida la perpetuación de una injusticia o deja la cámara y salva una vida?”. No existe una respuesta definitiva. Esa duda no se resuelve en una clase. Ni en un semestre. La voz de un solo profesor no es suficiente. Sería preciso comenzar el camino con Platón y seguir los pasos de Susan Sontag, Robert Capa, Eddie Adams (de su lente proviene uno de los íconos en este debate: la ejecución de un prisionero del Vietcong, Premio Pulitzer 1969), Jesús Abad Colorado, Donaldo Zuluaga.
En Colombia, a partir de la Ley 115 de 1994 (Ley General de Educación), la educación ética y de valores humanos es transversal: los profesores la debemos incorporar tanto a nuestro discurso como proceder (¿acaso sería posible enseñar desligados de la ética?). Puesto que los asuntos relacionados con la ética no están en el orden de lo exacto, en el aula apenas alcanzamos a esbozar algunas consideraciones: perdimos el privilegio de la contemplación, la reflexión.
¿Dicha “transversalidad” es satisfactoria?
Basta abrir el periódico: las historias detrás de las renuncias de Fernando Londoño y Luis Alfonso Hoyos, “director espiritual” de la campaña de Óscar Iván Zuluaga. Qué tal J.J. Rendón, el “hackeo ético” de Sepúlveda o el profesor que decomisó las láminas (monas, caramelos) de sus alumnos para llenar su propio álbum del Mundial.
¿Será que en medio de esta realidad delirante los jóvenes tienen elementos suficientes para leer entre líneas?
El Ministerio de Educación acaba de presentar los lineamientos de calidad para las licenciaturas en educación. La versión preliminar considera créditos, investigación, apropiación de las TIC, la “articulación entre pedagogía, didáctica, saberes disciplinares, prácticas pedagógicas y aprendizajes de los estudiantes”, la construcción “de la ciudadanía y la comprensión del mundo político y cultural” y de “ambientes de aprendizajes democráticos y tolerantes”.
Todo apunta a intervenir un contexto estructural que se convirtió en coyuntural por cuenta de los resultados de las pruebas Pisa: trabajar desde la base sobre la calidad de nuestra educación. Revive la discusión, la “urgencia” de preparar a los docentes. Una de las metas más evidentes: mejorar las competencias de los estudiantes en matemáticas, lenguaje y ciencias.
Si buscamos reestructurar la casa desde sus fundaciones, hagámoslo con cautela. Nuestro contexto también reclama una cátedra de ética. Independiente. Indispensable (como las matemáticas, las ciencias, el lenguaje). De base: en preescolar, la observancia rigurosa del juego puede establecer sólidos pilares éticos.
Las respuestas de carácter ético no están en un manual ni en un software ni en Google. La vida misma es el motor de búsqueda. Una cátedra independiente de ética sí le daría verdadero sentido a lo que es una dirección espiritual.