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El ADN del dolor

05 de junio de 2015 - 11:00 p. m.

EL PRÓXIMO VIERNES, 12 DE JUNIO, Nazly Jiménez cumpliría 14 años.

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El 18 de agosto de 2000, su bisabuela Ana Libia Carvajal Rodríguez y su tío Everardo Jiménez Carvajal, fueron obligados a salir de su casa en el barrio Las Cabañas, de Bello (norte del Valle de Aburrá). Nunca se volvió a saber de ellos.

Morena, cachetona, mirada pícara… Las facciones de Nazly combinaban todos los mestizajes posibles del Nuevo Mundo. Le encantaba la ropa colorida, no “se bajaba” un gorrito blanco de lana tejida que resaltaba el color de su piel y obligaba a mirarla dos veces, aun entre la multitud. Sobre su cama, atestada de muñecos de felpa, jugaba a ser cantante famosa, como suelen hacerlo las niñas de su edad.

Con su abuela paterna, Doralina Carvajal (a quien Nazly llamaba “mamá”, pues siendo una bebé fue abandonada por su madre), asistió al taller “Te recuerdo, te presiento”, realizado con mujeres familiares de víctimas de la desaparición, en el museo Casa de la Memoria de Medellín, bajo la dirección de la fotógrafa Natalia Botero.

“Lo malo no es vivir soñando, lo malo es dejar de soñar”, escribió en el mural del taller.

Nazly cursaba séptimo grado. Una tarde de marzo de 2014, salió de estudiar en la Institución Educativa Federico Ozanam, del barrio Buenos Aires, donde residía con su familia. “Ese día la desaparecieron”, evoca su tío Alexander Jiménez. La joven fue hallada esa misma noche en una vereda del municipio de El Santuario, bajo el efecto de alucinantes. No recordaba nada de lo sucedido. Nunca quiso hablar al respecto.

Su vida cambió para siempre.

A la guerra interna que había librado durante casi 13 años contra la ausencia inexplicable de su tío y su bisabuela, le sumó una nueva batalla: la de su desaparición. Un día de su vida que se perdió de su propio radar.

Nazly comenzó a llenar la pared de su alcoba con fotos de ella misma. Fue diagnosticada con esquizofrenia infantil. Otro médico especialista dijo que padecía trastorno bipolar. Fue medicada.

El 3 de octubre de 2014, recogió todas las pastillas que encontró en la casa, las de su tío, las de su abuela-mamá, las suyas. Se las tomó. Cuando llegaron al centro asistencial con su cuerpo desfallecido, ya no había nada qué hacer.

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Doralina Carvajal lleva a cuestas el dolor de 15 años de impunidad por la desaparición de su madre y de su hijo. Y el de su nieta suicida.

Los amores heredados no siempre son conocidos. Se les ama por aquello de los lazos de sangre o, quizá, por la leyenda idealizada que se teje en torno a los ausentes. El aura de bondad que emana del hecho de trascender la dimensión humana.

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Nazly no era la voz de una solista. La suya fue un coro polifónico: el tormento de los hijos del conflicto.

El ADN del dolor perpetúa la guerra. Y por eso tiene que acabar.

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