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El suicida sereno

15 de agosto de 2014 - 09:19 p. m.

El suicidio no es el fin del mundo. Albert Camus, por ejemplo, decía que es el único problema filosófico verdaderamente serio.

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Hace varios años, Darío Arizmendi le hizo una entrevista a Carlos Gaviria Díaz. Con naturalidad, el personaje relató cómo, siendo él todavía un niño, su padre se había suicidado. El periodista se mostró perturbado ante la narración sosegada.

Cuando alguien decide terminar con su vida, surgen dos conclusiones instantáneas: los excesos (drogas y alcohol) o la depresión. Pocas veces —casi nunca— acepta el suicidio como el resultado de un proceso racional.

¿Acaso obedece siempre a un desbalance biológico, social o psicológico? ¿Por qué etiquetar al suicida con los rótulos de la recriminación o la conmiseración? ¿O insistir en explicar su proceder desde unas condiciones externas, aplicándole nuestra lógica interna?

Hay quienes, como Plinio, consideran el suicidio como un privilegio reservado a los seres humanos: los animales no acaban con su propia vida o, al menos, no lo hacen por las mismas causas que el hombre.

Hubo una época en la cual los suicidas tenían cementerio propio, compartido con los niños sin bautizar. También se tejían leyendas familiares en torno a ellos: “se quedó dormido en el garaje”, “jugaba a la ruleta rusa”, “perdió el equilibrio en el balcón”. Otros, más provocadores, sugerían: “como Cristo, caminó hacia su muerte”.

En 1774, Goethe publicó un libro que fue vetado pues el suicidio de su protagonista, el joven Werther, generó entre los lectores una ola de imitaciones de su fatal método. No es extraño, entonces, que existan manuales periodísticos para informar sobre el suicidio: cómo evitar la propagación del denominado “efecto Werther”.

La muerte por mano propia de un ídolo es un caso aparte: ¿morir, magnífico, seductor, en la tina de baño de un hotel parisino como Jim Morrison… o persistir en el escenario, arrugado, incontinente, incontenible, como Mick Jagger?

“¡Ah, todos los hombres famosos deberían tener el talento de morir a tiempo!”, clamaba Luis Tejada desde estas páginas, hace casi un siglo.

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¿Dónde queda el suicida sereno? El que, sin aspavientos, va por el mundo como una vela encendida a la cual, de vez en cuando, la brisa sopla con fuerza sin lograr que el fuego abandone el pabilo. No habla del asunto, no lo exhibe, no lo estudia con juicio. No se desvela con la sociedad de los poetas muertos, ni con la de los vivos. Tampoco se arrulla con letanías en latín (Carpe ¿qué?). No hay obsesión. Guarda el suicidio en la mesa de noche, como quien conserva un analgésico en el pastillero.

Aun con su contradicción inherente, el suicidio es el escudo de su instinto de supervivencia. Saber que puede terminar con su vida cuando lo desee, le permite vivir mejor.

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El suicida sereno acepta el suicidio como lo que es: una alternativa. Sin juicios morales ni remordimientos. Ni retos.

Tal vez, lo más sublime en el destino del suicida sereno es que suele morir de viejo.

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