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La lectura como ficción

27 de septiembre de 2013 - 06:00 p. m.

“¡Yo me quiero tomar una foto con Héctor!”, exclama una universitaria entre el público que asiste a un panel de cronistas.

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“Oíste, ¿cuál es Héctor?”, susurra otra chica que está a su lado.

“El de barba blanca”, especulan. Las cuatro jóvenes que integran el corrillo miran al mismo tiempo a Jon Lee Anderson.

“Sí, el canoso. El de gafas, ése es Héctor”, dice una con entusiasmo. Una vez más, todas enfocan al cronista de The New Yorker.

“¿Ese qué fue lo que escribió?”…

Y salen a buscar el registro gráfico, memorable, de un encuentro con “Héctor Anderson”. O con “Jon Lee Abad”. Da lo mismo. Es sólo un nombre en un afiche.

Facebook espera con ansias un nuevo post.

Tal vez desde el momento en que las grandes casas editoriales convirtieron a los libros en productos de marketing, los escritores pasaron a ser personajes más atractivos que los protagonistas de sus obras. El respeto que se le prodigaba al intelectual —usualmente, un magnífico autor— se fue transformando en devoción, en un sentimiento vinculado a la creencia más que a la razón o a la lectura concienzuda de sus obras. (Ahora me pregunto si aquello de “escritor de culto” es por esa fe a ciegas).

Y no es que tenga algo en contra del fetichismo literario. El 11 de marzo de 1907, Stefan Zweig escribió en una carta a Rainer Maria Rilke: “Desearía pedirle un regalo valioso: el manuscrito de uno de sus poemarios […] Ya sé que pido mucho, pues conozco el embrujo de la escritura, sé que al regalar un manuscrito no sólo se regala el libro sino que también se delata un secreto […]”. Los libros, los escritores, las lecturas, a veces despiertan ciertas aberraciones literarias que van desde la acumulación y el coleccionismo indomesticable hasta el amor platónico (y algunos rituales inconfesables).

¿Qué ocurre con la lectura en este proceso de mercadeo?

Cuando observamos el comportamiento del público en ferias —en Medellín acaba de culminar nuestra VII Fiesta del Libro—, quedamos bajo una especie de efecto alucinante y llegamos a pensar que el índice vergonzoso de dos libros leídos al año en Colombia está cambiando… que quienes salen cargados de libros es porque van a leerlos (y no a usarlos para cuñar puertas, guardar polvo o como pose social).

El consumismo literario ha logrado que la lectura se convierta en una ficción, cuyo personaje protagónico, el “Lector”, no es más que un fantasma creado por la imaginación del consumidor: un “admirador ferviente”, “fiel conocedor” de la obra de hombres canosos, de barbas blancas y gafas, que reparten autógrafos, sonríen a las cámaras. Y, además, escriben (cuando les permiten hacerlo).

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Mario Vargas Llosa escribió en sus Cartas a un joven novelista: “La ficción es una mentira que encubre una gran verdad”. Ni más ni menos, el escritor convertido en una estrella de cine… cuyas películas el “Lector” jamás ha visto.

 

 

Ana Cristina Restrepo Jiménez*

 

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