Uno de los pocos recuerdos que guardo del colegio es el herbario. La clasificación de hojas, pétalos y otras formas vegetales en un cuaderno rústico, me hablaba de un vínculo superior con el universo.
Son escasos los niños que nombran algunos árboles y flores. A los perros y gatos los reconocen hasta por la raza, no así a la vegetación. Los árboles son una masa verde, acaso reconocible por su analogía con otras formas: “el árbol sombrilla”, “el del tapete amarillo”, etcétera.
La experticia botánica, dicha de los estudiosos y observadores con memoria privilegiada, no sólo viene de escuela; también se asocia con la íntima proximidad del vínculo con la naturaleza.
Medellín no tiene un parque emblemático. Aquí llamamos “parque” a la losa de cemento de San Antonio o al otrora glorioso Parque Bolívar, cuyos árboles huelen a orines y son circundados por roedores hambrientos. Ahora dizque nos inventamos los “parques comerciales”, donde ‘florecen’ las compras. El centro comercial Santafé Medellín ‘brotó’ sobre un cementerio de árboles.
“Los parques son bosques artificiales hechos por el hombre en un intento de aprisionar a la naturaleza abierta dentro de los recintos urbanos”, escribió el botánico Víctor Manuel Patiño en su preciosa recopilación La flora en la poesía.
Tiergarten, en Berlín; El Retiro, en Madrid; Hyde Park, en Londres; Central Park, en Nueva York; el Parque Nacional, en Bogotá, son marcas geográficas centrales, de inclusión, pulmones de ciudad que convocan a la gente para pasear bebés, enamorarse, tomar el sol, correr bajo la lluvia, jugar, caminar, trotar. Para sentirse comunidad.
¿Sentimos comunidad a través del consumo?
El 70% del territorio de Medellín es rural. Lo más parecido que tenemos a un parque es el Jardín Botánico y el Arví. El primero tiene horario de servicio al público, está cercado y al ingresar le preguntan al visitante: “¿Para dónde quién va?”… ¡No es un parque!
El segundo, situado en la vereda Piedras Blancas, de Santa Elena, no es central. Dos años atrás fue el foco de un enfrentamiento entre carabineros de la Policía, después del hallazgo de un explosivo en una torre del Metrocable. Hace poco más de un mes, la prensa local informó de los múltiples casos de atracos en ese parque ecológico, incluso con víctimas fatales.
No tener un parque es una vergüenza —nada extraña en un lugar donde nos referimos a los árboles como “palos” y a las plantas como “matas”—.
El Concejo Municipal estudia el proyecto que modifica el nuevo Plan de Ordenamiento Territorial de Medellín. Dicha revisión, que debe atender la voz de la comunidad, depende ante todo de una reacia voluntad política. “Queremos que el POT se convierta en un instrumento para la equidad y el desarrollo de la ciudad”, dice Jorge Pérez, director del Departamento Administrativo de Planeación de Medellín. ¡Amén!
La Eterna Primavera, sin un parque central. Décadas de miopía, desorden y corrupción en el proceso de urbanización de Medellín han sido su maldición.