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La metamorfosis

15 de enero de 2016 - 03:08 p. m.

Me siento como un bicho.

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Nunca pensé que llegaría a escribir en contra de los libros. O, más exactamente, contra lo que el mercado hace en nombre de la lectura.

En un triunfo indiscutible de las editoriales, los libros de literatura infantil y juvenil hacen parte de la lista de útiles escolares. El terror de sexto B, de Yolanda Reyes, comparte canasta con acuarelas y escuadras. El auge de la industria cultural habla bien de una sociedad, pero, ¿qué sucede cuando una obra literaria es transformada en texto escolar?

Se arriesga un gozo: la biblioteca escolar. Las lecturas asignadas son una gran excusa para explorar las bibliotecas. En busca del texto requerido, el estudiante se extravía entre anaqueles, descubre a su ritmo. Quien no frecuenta la biblioteca desconoce el hallazgo de ejemplares subrayados, con comentarios ajenos; el placer de “hacer ganas” cuando la bibliotecaria anuncia: “Lo siento, el único ejemplar de Moby Dick está prestado hasta…”. (Las lecturas de clase no son el único atractivo de la biblioteca escolar, pero sí constituyen un factor esencial de acceso).

Tener un libro propio es invaluable: no obstante, las editoriales han dado “un paso adelante” (la propiedad intransferible…) para que los libros tengan un dueño único —e incrementar las ventas—. Al desenlace de El mejor perro del mundo, de Miriam Moss (editorial Vicens Vives), lo sucede una sección de “actividades” diseñadas por un genio… del marketing. El carácter individual y privativo de estos libros (para dibujar o colorear, con preguntas tipo ensayo o elección múltiple) evita el préstamo, acaba con las herencias escolares y las ferias del libro usado en comunidades educativas.

La instrucción del cuadernillo de Orión y los animales magos, de Joan Manuel Gisbert (Anaya), reza: “Describe el juego de magia que hayas visto”. A los niños no les gusta “describir” la magia sino hacerla, ¡jugar con ella!

(No insinúo que se desmotive la escritura, clamo por el rescate de la dimensión lúdica de la lectura: trucos, canciones, rimas). La lectura degradada a asignatura: vaya “metamorfosis”.

Guillotina a los clásicos: ¿se equivoca más el profesor que asigna la lectura de El cantar del Mío Cid en primaria o aquel que olvida que Una habitación propia, de Virginia Woolf, debe hacer parte del acervo literario de toda adolescente? Si la elección de lecturas —tan subjetiva— es un campo minado, cuando se impregna del interés mercantilista es una perversidad: en el morral ya no viaja Emily Dickinson sino Ángela Becerra. Mario Mendoza en lugar de Gustave Flaubert.

Las consecuencias del discurso de promoción editorial, tan distinto al del amor a la lectura, perjudican el medio ambiente (libros de lector único, apéndices con actividades, gasto innecesario de papel), el bolsillo familiar y, lo más lamentable, la inquietud lectora.

Las editoriales deben crear necesidades, me objetarán…

“Espero que no sea nada serio. He de decir que nosotros, los comerciantes, tenemos que saber afrontar a menudo ligeras indisposiciones, anteponiendo a todo los negocios”, dijo el gerente del almacén, afuera de la habitación de Gregorio Samsa. Entre tanto, sobre su caparazón, el personaje de Kafka agitaba las patas.

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