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Las señoras

10 de marzo de 2017 - 09:00 p. m.

«Nancy Clutter siempre tiene prisa, pero siempre tiene tiempo. Y ésta es la definición de una verdadera señora”. A sangre fría, Truman Capote.

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Dentro del espectro infinito de las mujeres hay una categoría que despierta burla y admiración: las “señoras”. “Parecés una señora”, secretean las más jóvenes. “Sos una señora (ingeniera, escritora, repostera…)”, comentan quienes adoptan el término a la vieja usanza, como título nobiliario.

“Señora” tiene connotaciones físicas, intelectuales, sociales —de edad, calidad humana e, incluso, moral.

El tránsito de “niña” a “señora” es súbito. Una tarde, la cajera del mercado te dice: “Hasta luego, niña”. Unos pasos más adelante, el portero te despide: “Feliz tarde, señora”. Entonces, todavía sin desempacar las compras, uno le pregunta a la cara de la mamá reflejada en el espejo: señora, ¿yo?

No es fácil reconocer a una señora. Algunas salen a la calle como un morito del Astor, provocativas, reconocidas por doquier. Otras, en un abrir y cerrar de ojos, se transforman en “señoritas muy aseñoradas”: se bajan del bus con tres bolsas plásticas, una cartera, una pañalera, un bebé cargado y un niño que apenas camina agarrado del brazo. Aquellas que llevan a cuestas la leyenda de “la bonita de la cuadra”, retocan el color de sus mejillas en una esquina estratégica, donde se saben observadas, todavía admiradas.

La mayoría vive el sosiego del anonimato.

Más allá de la biología, la fertilidad de las señoras es muy otra. Damas de hierro, damas de las camelias, o la dama que más salta en el tablero; no falta la que opta por convertirse en una nave nodriza que acoge pasajeros huérfanos, sedientos. Nos preciamos de ser “verdaderas señoras” cuando respondemos a los actos de un (auténtico) cabrón con una sonrisa, sin mediar palabra. En el preciso instante en que logramos dar la espalda sin titubear.

A las señoras nos resbala el “qué dirán”, aunque con el paso de los años la voz materna retumbe como eco supremo. (Un búmeran de precisión kármica: si somos madres, el poder exclusivo de abatirnos se concentra en nuestra propia hija).

“Después de que te llaman señora por primera vez, entendés la dicha de volver a sentirte niña”, decía la periodista Margarita Inés Restrepo Santamaría. Solo “volvemos a ser niñas” cuando nos reunimos con las amigas.

Capote coronó a Nancy Clutter al definirla como “una verdadera señora”, a pesar de sus 16 años. La “ñaña” de Holcomb, amada por todos, fue asesinada a sangre fría. Se le acabó el tiempo.

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Amas del hogar, matronas, casadas, divorciadas, viudas, solteras, etecétera, lloramos a puerta cerrada, donde nadie nos ve; o elegimos con cuidado al público que aplaudirá o chiflará nuestros monólogos. Adoramos a las virginia woolf, simone de beauvoir y maría canos que desmalezaron el terreno; sin embargo, al apagar la última luz de la casa, las maldecimos, derrotadas por el cansancio que trae la libertad.

Cada noche se cierra el telón de nuestra puesta en escena, magistral conquista del tiempo. Mañana volveremos a ser una señora (o, al menos, intentaremos serlo).

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