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Maldita bendición

17 de enero de 2014 - 04:09 p. m.

“No hay ninguna marca en la pared que permita medir la estatura exacta de las mujeres” (Virginia Woolf).

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“Vos que te entrenás escribiendo, ofrecete como vocera del barrio”. “Como sos ama de casa, prepará los pasantes pa la piñata” (claro, el don de la buena cocina mana del techo). “¿Mamá hogareña? ¡Debés tener hijos perfectos!” (¡ja!).

Cada vez con más frecuencia, las mujeres —solteras, casadas, amantes semiinternas, divorciadas, viudas— tomamos la decisión de ser trabajadoras independientes. Esta elección obedece a veces a posiciones políticas —ser feministas, por ejemplo— u otros factores como el libre manejo del tiempo, el ahorro en gastos de oficina, la animadversión a los espacios cerrados, la evasión de miradas vigilantes (la voz de la conciencia: la jefa más tirana) o la dicha de recibir a los hijos cuando llegan de estudiar (para las madres).

Desde la adolescencia, nos quedó sonando Una habitación propia (1929), aquello de “ganad con vuestro ingenio quinientas libras al año”. Sin embargo, como no todas tenemos una tía como la de Virginia Woolf (Mary Beton heredó a su sobrina 500 libras anuales, vitalicias), y mucho menos la prosa de la maestra británica, nos vemos obligadas a amoldarnos a nuestra naturaleza: adoramos a las tías sabiendo que no nos dejarán ni un peso y nos valemos de las letras con las que la vida, las lecturas, nos van formando.

La independencia, que agradezco con cada amanecer y maldigo cuando cae la noche, exige ajustes necesarios: políticos, culturales, sociales, espirituales. Entre ellos quisiera referirme a uno en particular. Es urgente que la sociedad entienda: ¡la mujer que trabaja en el hogar, además de ser ama de casa (labor sin recompensa económica), es una empleada múltiple!

Permanecemos tra-ba-jan-do bajo la presión de fechas límites de entrega, nuestras jornadas son más extensas para compensar la carencia de prestaciones laborales, las enfermedades son toda una catástrofe y sostenemos la economía personal o familiar (el compromiso que muchas asumimos con la pareja en aras de la equidad que reclamamos).

Que hayamos elegido el silencio solitario (la “contemplación”, diría Woolf) y el privilegio de asistir a consejos de redacción en pijama, por Skype, después de levantarnos a las 4:00 o 5:00 a.m. para leer, escribir, procrastinar y cumplir con tareas caseras que nos permitan pensar, no quiere decir que estemos desocupadas.

¿Por qué menciono únicamente a las mujeres? La visión determinista que considera el ámbito doméstico como nuestro destino natural sumada al mito de la condición femenina multitask, siguen convirtiendo nuestra independencia en un búmeran… que estamos dispuestas a recibir y volver a arrojar hasta alcanzar un equilibrio social.

El estremecimiento provocado por estas cargas, buscadas, agradecidas, suele evocar la historia de Virginia Woolf. Al mirar nuestro reflejo, cansado, en las aguas quietas (a falta de un río Ouse, último espejo de la escritora, basta la tibieza de una tina de baño), entendemos mejor sus palabras y sus actos.

*Ana Cristina Restrepo Jiménez

 

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