Somos buscapleitos, pendencieros desde el acto fundamental del habla. La manera más expedita que hemos encontrado para exaltar la fuerza femenina es decir “una mujer de armas tomar”. Despreciamos el poder del discurso, la posibilidad de actuar basados en la razón: nos domina la lógica del guerrero.
Como van las cosas, el escenario político pasó de la polarización a la riña de gallos: una lucha de egos que los periodistas no hemos sabido sortear y, aún más, le hacemos juego. Privilegiamos ante la opinión pública un debate entre dos candidatos y no entre cinco. Hemos invisibilizado la opción del voto en blanco.
Un votante responsable, que más o menos entienda de qué se trata la democracia, no basa su decisión ni en encuestas, ni en editoriales, ni mucho menos en los trinos de un megalómano enceguecido por sus ansias de poder. Estos mecanismos sirven para cotejar información y reafirmar una decisión, pero no deberían determinar un voto. Los proyectos para el bien común se discuten y construyen de forma colectiva, pero los procesos decisorios son individuales. Votamos solos.
Muchos defienden el “voto en contra”. Otros aseguran que “sólo se firmará la paz con Santos”. Y, movidos por la dictadura de las encuestas, concluyen que para qué votar por un candidato “sin posibilidades de llegar a la segunda vuelta”.
No se vota “en contra” mientras haya alternativa: es una cuestión de ética ciudadana fundamental.
Vale reconocer los logros del presidente-candidato en la búsqueda de la reconciliación, pero de ahí a considerar que la paz es su feudo: ¡no!
Resulta inaceptable escuchar: “Esa Clara es una lumbrera, pero…”. Clara López ha repetido hasta el cansancio que de llegar a la Casa de Nariño, respetará los acuerdos logrados por el equipo negociador en La Habana: la paz deber ser una política de Estado, no de gobierno.
Una anécdota —simple en apariencia— me reveló el espíritu de López. Hace un par de meses la entrevisté. Cuando conversamos sobre el aborto, ella se quedó callada por unos instantes, respondió que creía que jamás hubiera sido capaz de abortar, pero dado que la ley lo permite en tres casos, se debe respetar. Separa razón y emoción. Sus impulsos no guían su discurso, por encima del sentimiento personal están el acato a la ley y la honra de las libertades individuales. Digna descendiente de un reformista.
A esta economista —Magna cum laude de Harvard—, le reclaman por los actos de Samuel Moreno. No ha esquivado las preguntas ni lo ha defendido. (No es una excusa válida, pero me pregunto si existirá algún partido inmaculado).
¿Recuerdan el resultado que obtuvo Carlos Gaviria en 2006? 2,6 millones de personas teníamos mucho por decir.
En las pasadas elecciones para el Congreso, estaba indecisa entre un candidato y una candidata. Llamé a un amigo, no muy viejo pero sí muy sabio, quien me aconsejó: “En caso de duda, Ana: elige una mujer. Siempre, una mujer”.
*Ana Cristina Restrepo Jiménez