El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Representación (estilo colegio de monjas)

29 de agosto de 2014 - 09:19 p. m.

Tras la suspensión (léase: censura) de la exposición ‘Mujeres ocultas’, María Eugenia Trujillo se defendió con la vehemencia que no tuvo la ministra de Cultura, Mariana Garcés. “Magritte hablaba del arte como representación”, es el argumento principal de la artista.

PUBLICIDAD

Revisemos los elementos de esta representación:

Los “ofendidos”: consideran que la exhibición vulneraría sus derechos “a la libertad de culto y al libre desarrollo de la personalidad”. Jesús Herrera, presidente de Voto Católico, afirma: “Cuando esta señora pone una vagina en el lugar donde los católicos ponemos a mi Dios, es como decir: mi Dios es una vagina”. La senadora María del Rosario Guerra, de la misma congregación de la representante María Fernanda Cabal, expone que “los católicos tienen el derecho de hacer respetar los principios”. (“Los” principios, como si fueran universales).

La ministra: ¿De qué habló con algunos jerarcas de la Iglesia católica antes de la exposición? ¿Pidió permiso como en un colegio de monjas? Sus explicaciones sobre dicha conversación no son satisfactorias.

El lugar: Santa Clara es un recinto desacralizado, práctica frecuente en países europeos: el restaurante la Capilla de la Bolsa (España), el hotel Het Verloren Gedicht (Bélgica), la vivienda en la iglesia de San Jacobo (Países Bajos), etcétera. El cambio de usos responde a las necesidades de la comunidad, no hay intención de sacrilegio.

La custodia: pieza de exhibición, objeto intervenido por una artista con un fin estético y, según la polémica autora, conceptual. Ni la custodia ni los demás elementos de la muestra están consagrados, aseguran los organizadores.

El espectador: ansioso. Buscará morbo donde alguna vez hubo una mirada artística, provocación predecible, iconoclastia, qué sé yo. Los censores condicionan la lectura colectiva. ¡El sueño dorado de cualquier artista!: hoy hablamos más de María Eugenia Trujillo que de Doris Salcedo o Beatriz González. Acorralada por los medios, tuvo que justificar su obra ante los micrófonos: los chistes, las columnas de opinión y el arte no se explican. (Sus derechos al trabajo -digno- y a la libre expresión parecen aquí irrelevantes).

Yo, ciudadana de un país no confesional, que casi siempre cree en Dios y considera la vida de Jesucristo como modelo de humanidad: ¿Puedo interponer una acción de tutela contra la Iglesia católica por exhibir en algunos templos un cuerpo torturado, evocación de la intolerancia, frente a mis hijos? ¿Si dijera que me siento “ofendida” porque se exalta la humillación de Jesús, acrecentada por su cabeza gacha y la fragilidad de la desnudez? Vista así, la “ofensa” parte de un criterio no objetivo: como los símbolos religiosos, el arte es una representación de una idea, una emoción, una apreciación del mundo, su visibilidad no puede estar sujeta a susceptibilidades individuales.

La Iglesia católica: constriñe.

No se trata de una pugna de derechos sino de derechas. El centro de interés de esta representación no es un recinto, ni la artista, ni su mirada sobre la mujer y la Iglesia. Es una ostentación pública de poder.

Conoce más
Ver todas las noticias