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Sin sosiego

09 de septiembre de 2016 - 09:00 p. m.

A Gustavo, El Mocho, nada lo amarra. Ni la comida: su organismo dejó de reaccionar a la dictadura de los tres golpes.

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Nacido el 4 de febrero de algún año escondido en su memoria, creció entre las peñas de Santa Inés, Suroeste antioqueño, “pueblo famoso por peinillero”. De su padre, aprendió a recolectar café. Del papito heredó el sin sosiego: “Era la misma vuelta, acosado. Solo la muerte detuvo al viejo desjuiciado”.

Por el vocabulario y la cadencia de su acento, la voz de Gustavo fulgura en los vastos límites de un personaje de Tomás Carrasquilla y un culebrero.

Mellizo de una mujer, tuvo cinco hermanos varones, tres de los cuales se volaron con la guerrilla y cayeron en combate. Estudió dos años en la escuela: “No aprendí ni a firmarme. Se me pegaba la mano del cuaderno”.

Una noche, entre cafetales, una llamarada lo guió hasta una guaca llena de muñecos de oro, de pura esterlina. Compró un camión que manejaba sin rumbo tan pronto caía el sereno: “Soy sin sosiego, la plata me sacaba enzurruñado de la casa”.

En 2010, cerca de Hispania, traía del río un viaje de arena. Recién amainaba una tormenta cuando, al paso por un rastrojo, retiró unos alambres de luz a 220. Se le montaron los rayos y perdió el brazo izquierdo. La candela le consumió la piel del vientre, rodeó su corazón.

El guascazo le reventó la pelvis. El Mocho, que no sabía de vacunas, ni de tosferina, ni del abrazo del pato que aqueja a los recolectores, conoció a los médicos en el Hospital de Bolívar.

Desde hace seis años, deambula por las calles de Medellín con un morral de cuero. Carga una chaqueta, una camisa, un pantalón, una carpa de caucho.

En el Suroeste dejó tres hijas. Huérfanas de padre vivo.

Reza de madrugada, antes de emprender la marcha. Aunque no pisa templos, se detiene ante el Testigo de Jehová, el trinitario, el adventista. A veces, se baña en una cañada. Las máquinas tragamonedas son su vicio.

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Duerme debajo de un puente, al norte, rodeado de desconocidos: “La calle es dura, llega la ley y nos hace salir. Hay gente que viene a matarlo a uno. Una vez, dormido, un cristiano me puso una puñalada [se toca la nuca], me miró dos veces y sacó el sacol; pero yo soy centífico, tengo un ojo bravo: miro una persona y conozco sus resplandores”.

—¿Brujería, Gustavo?

—“Cuando a estos viciaderos llegan pintonisos o pintonisas, los cojo por el ojo y la candela. Ellos lo ven a uno centífico y lo aúllan, lo miran con bronca”.

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En Medellín deambulan 3.250 personas en condiciones similares a las de El Mocho. En Bogotá, 8.312 (censo 2011).

—¿Dónde estamos, Gustavo?

—“Como uno no sabe leer, ando y ando, todo me da lo mismo”.

Gustavo Adolfo Rendón Cardona perdió su cédula. No hace falta: no le interesa ningún servicio del Estado, el 123 social lo ha atendido. Está registrado en Centro Día. Y…

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No se trata del Vladimir ni del Estragón de Beckett. Si Godot llegara encontraría el rastro frío. El Mocho encarna la libertad de quien no tiene nada qué perder. Él mismo arrancó el telón. Su escenario es infinito.

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