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Sobre la estupidez

23 de septiembre de 2016 - 03:16 p. m.

La estupidez ha alcanzado el lugar que se merece en la sociedad: la cumbre.

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La estupidez actual, casi una pandemia, no es un accidente del destino: ser estúpido es una decisión del individuo (algunos se preparan para serlo: George W. Bush lo hizo en Harvard). El carácter contagioso y la multiplicidad de la estupidez podrían ser sometidos a un estudio riguroso: como las inteligencias, las estupideces son múltiples.

En la revista Zenda, el crítico Edu Galán cita algunos autores claves sobre el asunto de la estupidez: Aaron James; Carlo María Cipolla; y el clásico Erasmo de Róterdam.

‘Las leyes fundamentales de la estupidez humana’ de Cipolla, por ejemplo, son aplicables en nuestro entorno:

1). “Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo”.

2). “La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”. (La diputada Ángela Hernández, la representante María Fernanda Cabal, el procurador Alejandro Ordóñez, la senadora Viviane Morales: profesionales, alto perfil…).

3) “Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un prejuicio”. (Destituyen a Ordóñez, renuncia, no renuncia, medio renuncia…).

4) “Las personas no-estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas”. (Morales recolectó 2’135.000 firmas para que solo las parejas heterosexuales puedan adoptar: para discriminar a las parejas homosexuales).

5). “La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe”. Peor aún es el ciclo evolutivo de los estúpidos: cuando George W. Bush parecía insuperable, surgió Sarah Palin; ahora, Trump.

Galán añade un sexto principio: “Un imbécil es impermeable a cualquier opinión o razonamiento que no sea el suyo propio. Y dependiendo del grado de confianza en sí mismo que tenga, lo expresará públicamente en correlación directa a dicha autoestima”. Basta con entregarle a un personaje público un celular bien cargado (“de tigre”) y… voilà.

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El poder de las estupideces es reforzado por factores como la empatía que genera el estúpido y el eco que le hacemos los medios de comunicación (expertos en enaltecer la estupidez).

En el discurso público colombiano co-existen dos estupideces muy taquilleras: el estúpido erudito, hábil en la preparación de salpicones intelectuales con picadillo de todas las ideologías que le permitan elevar su rating. Y, en segundo lugar, el que Aaron James llama el “payaso bobo”, el bufón de las masas: ¿quién no anhela aquellos días en que las estupideces de los expresidentes colombianos se convertían en chistes de bar y no en titulares de prensa?

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Esta columna será tildada de petulante y agraviosa; pero ninguna acusación se acerca a la gravedad de poner públicamente en entredicho los derechos de algunos ciudadanos, de legitimar la discriminación.

La pose de “excluidos” de aquellos que siempre han ostentado el poder y ahora lo ven amenazado por la fuerza de la ley no es ninguna estupidez.

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