La imaginación y el periodismo no son mutuamente excluyentes.
Para el cronista, la imaginación es una herramienta que puesta al servicio del lenguaje embellece la prosa: las abstracciones (metáforas, símiles, etcétera) pueden hacer parte de la narración periodística sin detrimento del pacto fundamental con la verdad. En otros géneros periodísticos, como la opinión, la imaginación conduce por los laberintos del discernimiento:
Sentémonos en la mesa del comedor de la casa del niño Juan Manuel Santos Calderón, un domingo cualquiera, en la década de los años 50. Su abuelo, Enrique Santos Montejo, “Calibán” (uno de los más célebres columnistas del siglo XX en Colombia), pasa el salero; mientras tanto, el tío abuelo, Eduardo Santos Montejo (presidente de Colombia y de la Academia Colombiana de Historia) da un sorbo al ajiaco para calibrar su temperatura. El papá de Juan Manuel, Enrique Santos Castillo (jefe de redacción y editor de El Tiempo), manipula la vajilla con cuidado quirúrgico: nunca ha sido grato el destino de la porcelana con tantos varoncitos —Enrique, Luis Fernando, Juan Manuel, Felipe— correteando en casa.
(Compleja faena la del encargado (a) de decidir quién ocupa la cabecera de la mesa, a quién servirle la presa más grande del pollo).
¿Qué tipo de “conversaciones de comedor” han pasado por los oídos del presidente?
Bastaría hacer un ejercicio análogo para entender un poco mejor el país reciente: misma década, suroeste antioqueño, bandeja paisa en vez de ajiaco santafereño, con Álvaro Uribe Vélez y su hermano Santiago a lomo de bestia, acosando por las arepas.
¿En cuál entorno se aprende a hablar? Y, lo más importante, ¿a callar?
El cubrimiento periodístico de “La comunidad del anillo” motivó a Juan Manuel Santos a levantarse de su trono para aleccionarnos sobre ética…
Durante meses, algunos periodistas antioqueños (y La Silla Vacía) expusimos pruebas verificables que cuestionaban al entonces candidato y actual gobernador de Antioquia, Luis Pérez (quien retiró del cargo a la recién elegida secretaria de Productividad, Llanedt Rosa Martínez, compañera sentimental de Luis Javier Castaño Ochoa, condenado por narcotráfico en los años 80, y que aportó $200 millones a la campaña “Pensando en grande”. No obró con la misma rapidez para elegir la secretaria de Equidad de Género: apenas se posesionó esta semana). En la contienda electoral regional, Santos no dijo esta boca es mía, mientras toda su maquinaria politiquera se entregó al servicio de Pérez. Entre tanto, Pascual Gaviria y Héctor Abad respondían ante la justicia por sus columnas periodísticas que incomodaron al candidato apadrinado desde la Casa de Nariño. (Casualmente, Gaviria fue amenazado de muerte a través de una llamada anónima).
¿Sobre qué piso moral el presidente se atreve a hablar de ética si le cuesta discernir entre un político curtido y uno manchado?
Saber pasar la sal. Calibrar la temperatura. Decidir a quién sentar en la cabecera, quién merece la mejor presa. Proteger al “baroncito” (electoral) que podría quebrar la vajilla (más aún si cuesta $100 millones, como aquella que compró EPM durante la Alcaldía de Luis Pérez).
“No hard feelings…”