El ejército de Estados Unidos lanzó un ataque contra Siria. Usó una acción militar con “efectos humanitarios” sin la aprobación del Congreso.
¿Por qué actuó así el presidente Donald Trump?
Una primera respuesta, lógica: porque pudo.
La soberbia prescinde del pensamiento ajeno. Con un ejercicio de sutil tabula rasa sepulta el nombre, la memoria y las acciones de otros. Algunos lo denominan el “Complejo de Adán”, tan evidente en el sector público (y en el privado, pero menos visible ante el mundo): creer que uno es el primero, el pionero.
Tan pronto se mudó al salón oval, Trump firmó la orden ejecutiva para acabar con el Obamacare. Por fortuna, pensaría el mundo civilizado, en los países desarrollados la impericia de un adán elegido en las urnas no condenaría a todos los ciudadanos: para eso existen instituciones legítimas que ejercen control.
El Congreso controla al presidente; la Asamblea Departamental, al gobernador; el Concejo, al alcalde…
El campo local a veces se presenta como un modelo a escala del panorama global.
La ausencia o la timidez de los contradictores (la disciplina de oposición del Centro Democrático se esfuma en el Concejo de Medellín, con excepción de Paulina Aguinaga; y la beligerancia del Polo se concentra en Luz María Múnera) no significa “unidad”, sino la anulación de la diferencia, del debate constructivo.
El círculo de la cultura local se vio sacudido por el despido de Sergio Restrepo de la dirección del Teatro Pablo Tobón Uribe (entidad privada). ¿Estremecimiento porque cambian al director de un teatro? ¿Acaso no hay nadie más?
No se trata ni de Sergio Restrepo, ni de Claudia Restrepo, ni de Ana Cecilia Restrepo, ni de Lucía González. No es el Teatro Pablo Tobón, ni el Metro, ni la Red de Escuelas de Música ni el Museo Casa de la Memoria. Tampoco es la ausencia de Juan Diego Mejía, director de la Fiesta del Libro, quien dejó el cargo por iniciativa propia.
¡No se trata de personas sino de ideas, de obras!
Son las bibliotecas públicas que cerraron durante parte de las vacaciones. Es la Red que decide ubicar oficinas de burócratas en los salones donde los niños ensayaban con sus cellos. Es la Filarmónica que agoniza.
Según una entrevista publicada en El Espectador, el presupuesto de cultura ejecutado en 2016 fue de $103 mil millones. Según El Mundo, fue de $125 mil. En Blu Radio, el jueves, se repitió la cifra de $103 mil millones.
En los años 90, Medellín decidió buscar su mejor versión gracias a múltiples alternativas de rescate, de procesos colectivos. Con la Consejería Presidencial, a cargo de María Emma Mejía, aprendimos que el diálogo social es fundamento para la construcción colectiva.
Hoy, Medellín no es testigo del tropiezo de funcionarios ni de instituciones públicas, sino el de una sociedad apasionada, incapaz de debatir. En medio de clics y “me gusta”, asistimos a la banalización del diálogo social, de los pilares de la cultura ciudadana.
Creen habitar el Paraíso, porque todos son adanes.