“Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa”*.
Nunca podremos medir el alcance de los estereotipos en nuestra forma de observar y actuar en el mundo.
Ese conjunto de condiciones —con frecuencia situadas en el campo de la percepción— afecta sistemáticamente el modo como procesamos y respondemos a la información, crea imágenes mentales y llega a guiar nuestro comportamiento… sin importar el costo.
A los 43 años, Helena fue diagnosticada con cáncer de seno. Esposa y madre, no dudó en seguir el tratamiento indicado: cuatro quimioterapias “rojas” (muy agresivas) y 12 “blancas”.
Varias personas —incluido su oncólogo— le sugirieron que fumara marihuana para amilanar ciertos efectos de la medicación. Nunca lo hizo. Al recibir la última dosis intravenosa, desmadejada sobre su trono del centro cancerológico, seguía pensando que la propuesta era ofensiva: “¡¿Cómo permitir que mi hija me vea como una marihuanera?!”.
Criar “señoritas de bien” (futuras “señoras” ídem) nunca ha sido sencillo, especialmente por aquello de la coherencia. Por ejemplo, una “señorita de bien” nunca ha de salir con un marihuanero; pero eso sí, de borrachos poco le hablan, menos si el aval procede del padre con un vaso de whisky en la mano.
La palabra “marihuanero” no invoca precisamente la silueta de Carl Sagan emanando bocanadas de humo bajo la luna, o a Barack Obama armando un varillo en los jardines de Jacqueline Kennedy.
Quién no recuerda los catarros de la niñez, cuando la abuela nos arropaba entre cobijas, después de prepararnos agua de panela con miel, limón y media copa de ron. Décadas más tarde, sobar con marihuana y alcohol las piernas de la abuela adolorida era un acto clandestino, impresentable ante la sociedad.
El estereotipo, materia prima del prejuicio, produce casi tantas alucinaciones como el cannabis. Además, genera categorías: el licor es aceptable, la marihuana no. (Cómo negar que desde los años 60 el consumo de la hierba se asocia con un temor superior al crimen: la desobediencia).
¿Cuánto hay en las legislaciones de prejuicio social, de prueba científica y de cifras reales sobre hechos delictivos cometidos bajo el efecto de la marihuana?
Helena padece los rezagos de ‘la quimio’: “Me duelen las rodillas, la cabeza del fémur, las yemas de los dedos. Me provoca que me jalen durísimo. Siento hormigueos permanentes, las manos se me entumecen como si las metiera al congelador. Me levanto del dolor por las noches”.
“La marihuana causa amnesia… y otras cosas que no recuerdo”, diría Woody Allen. Dolor olvida prejuicio.
Según la OMS, entre 2011 y 2014 el uso de marihuana para fines medicinales ha aumentado en el planeta de 23,7 toneladas a 77.
Es una verdad mundialmente reconocida que una persona enferma, con un gran dolor, necesita un alivio. Hoy, Helena usa diversos remedios fabricados con marihuana. Esencias. Gotas. Ungüentos mezclados con coca.
Y su hija, de 12 años, resultó ser una gran masajista.
*Orgullo y prejuicio, Jane Austen.