Cada vez estamos más familiarizados con la violencia y más distantes de la reflexión: este es el horizonte nublado de Colombia. Acontecimientos que han levantado la indignación en los últimos días muestran el retraso social por el que los conflictos nos conducen a un desenlace violento o a las vías de hecho.
Sin orden cronológico, pero por tamaño de la vergüenza, están los golpes que Hernán Darío Gómez dio a una mujer con la que estaba en una discoteca, porque “ella lo había insultado sobre su papel como director técnico del seleccionado nacional”. Pegarle por una discusión y además pagar por ocultar el hecho, revelan una mentalidad de matoneo que ha venido proliferando; primero en tiempos de mafia, después en épocas paramilitares, luego en gobiernos alevosos y ahora en los días de las bandas criminales. Ahora todos son uno. El efecto pedagógico de esta golpiza y la reacción estupefacta de la mujer, llevan a predecir que el maltrato está en plena expansión y el Bolillo es un representante de un nuevo estilo de vida donde la violencia está instalada como manifestación de las emociones. “Le rompo la cara marica” es el lema del modo de ser.
Unas horas antes conocimos la radiografía social del país en el informe Forensis: 17.459 asesinatos en 2010. Llama la atención el porcentaje de ellos perpetrados entre “conocidos”: parientes, vecinos, compañeros de trabajo o exparejas. De cada 54 casos de éstos, 47 fueron mujeres asesinadas y sólo 7 hombres. De nuevo apalea la violencia a quien ya de suyo la sociedad castiga de otras maneras, con más carga de trabajo familiar, con menos remuneración. En esta investigación la única estadística que sobrepasa al inminente peligro que se cierne entre los propios conocidos como autores de asesinatos es el de las Fuerzas Armadas y la Policía, que vistos así según sus efectos, son una amenaza más que una defensa de la sociedad. La reflexión que hace una antropóloga es que la mayoría de las muertes violentas fueron desenlaces de conflictos previos; por eso el maltrato se da más en Colombia entre conocidos y refleja nuestra enorme incapacidad de tramitar las ideas, de expresar emociones o tan sólo de reconocer las de los otros. La vergüenza de este informe es que instala la fuerza como elemento constitutivo en nuestra estructura social.
Pero no sólo se dan estos hechos en el plano de las peleas de tragos o de los asesinatos de los que aún se desconocen la mayoría de las causas. También en el plano jurídico y académico los retrocesos tienen lugar. Aquí nos tenemos confianza para borrar con el codo lo que escribimos con la mano. Había logrado el país tener una madurez para llegar al consenso de aprobar tres situaciones en las que admitía el aborto, pero llegó el procurador que se proclama adalid de “la preservación de la vida” para echarlo atrás. Se trata de un mandado que hace al catolicismo que lo tiene dentro de sus fieles. También una universidad como la Pontificia Bolivariana se da la pela pública de cancelar un seminario de discusión sobre el aborto y señala a los ponentes por estar a favor, porque el debate “está en contra de la Iglesia”. La Facultad de Derecho de la Bolivariana queda como un colegio de curas y el rector obnubilado usa la vía de hecho.
Estos acontecimientos pronostican que lo peor está por llegar.