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Abrazo, magia, sal

08 de octubre de 2015 - 09:00 p. m.

En este 2015 coinciden tres películas que tocan la fibra sensible del planeta en tiempos de calentamiento global, de El Niño, de devastaciones naturales indiscriminadas y de agüeros de hambrunas, sequías y pestes que no son el apocalipsis de los creyentes sino la certeza de los daños y perjuicios infligidos a esta casa de todos, como la llama este Francisco renovador que inspira a los fieles católicos y a otros salidos del redil.

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Tres miradas distintas de un hecho concreto. La naturaleza alterada por la mano soberbia, o todavía virgen, pero siempre recomponiéndose en su inalterable ritmo de ciclos de destrucción y renacimiento.

Bueno sería saber qué piensa un sabio de las ciencias de la Tierra como Michel Hermelin Arbaux, el académico colombiano que “acaba de partir hacia el universo”, pero tal vez ni alcanzó a ver El abrazo de la serpiente, Colombia: magia salvaje o La sal de la tierra, las tres películas que describen eso de íntimo y de sagrado que tiene este albergue que nos prestaron nuestros hijos y nietos para ocuparlo un tiempo con el cuidado de no dañarlo.

El abrazo de la serpiente, del director colombiano Ciro Guerra, busca conseguir el aire documental de los etnógrafos que consultó, y que rodó en el Vaupés de la Amazonia colombiana. Durante dos horas y cinco minutos este poema visual en blanco y negro deslumbra a quienes están esperando ese nudo vegetal de verdes con anaconda y tarzán criollo, pero lo que aparece son las culturas huitoto, ocaino, tikuna, wanano, entre otras, resplandecientes como un sueño, para demostrar su empatía profunda con el territorio que habitan. Pero, como el cine que busca grandes públicos necesita pirotecnia, el meollo de la trama es la ayahuasca como camino vegetal hacia el conocimiento interior, que cuando se cuenta de manera externa termina siendo un viaje alucinatorio cualquiera. Dice el etnobotánico y conocedor de culturas ancestrales Wade Davis, al verla en Medellín, “esta es una fantasía urbana”. Bella sin duda, pero hecha por quienes transitan aceras y no senderos intrincados.

Colombia: magia salvaje retumba en los oídos en la voz internacional de Sánchez Cristo y con el tinglado publicitario del emporio Éxito-Casino. Acaban de negociar una compra en América Latina de enormes superficies de venta al detal y cataplún, llega esta bandeja de plata: he aquí a Colombia y lo que se pierden los que no vienen. Con razón tienen reservas algunos sobre la intención de mostrar este país como territorio al que esta sangrienta guerra que nos exprime ha conservado a la brava en cierto estado de preservación. El mismo que los depredadores mineros y otros codiciosos pueden ver en esta película haciéndoseles agua la boca. Se agradece igual que el público tenga chance de ver lo que es este país por fuera de los noticieros.

La sal de la tierra suma dos sensibilidades como la de Wim Wenders, el cineasta, y la de Sebastião Salgado, enorme fotógrafo brasileño, que muestran el contraste del animal furioso, insaciable de muerte y despojo que es el humano, y el reino vegetal junto a la fauna en libertad, que construyen una armonía que se mira con nostalgia desde la butaca. Esta experiencia conmovedora de la película no se puede decir en palabras porque en ella las imágenes tienen un lenguaje propio, esencial.

Gracias, pues, al abrazo, la magia y la sal por haber transportado a la poesía toda esta prosa del mundo.

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