Los votos más difíciles son los definitivos. Claro, el de castidad o el de silencio son para los que están fuera de este mundo tentado por la carne. Usan el cilicio o ejercen un cargo público como si fueran este aparato para la sociedad toda. Esos son los votos de por vida.
Pero el voto más difícil es el más cercano. Voto que determina a la ciudad donde vivimos, a la región. Este domingo se contraponen destinos políticos radicalmente opuestos. Es arduo desmenuzar cuánto está en juego. Por un lado se anuncia que se desbordarán las urnas por el número de votos en Bogotá.
Mientras que en este valle agobiado y reluciente, el valle de Aburrá en Antioquia donde vivo, se la juegan como en un gran casino todos los pesos pesados políticos. Aquí serán escasos los votantes por la anulación masiva de cédulas que hicieron trashumancia para inscribirse hasta dos veces en distintos sitios, según se multiplicaron sus empresas electorales en otros municipios en las goteras mismas de Medellín.
Y si a esto se le suman los tamales, los sancochos, buses y mercados donados para estimular el apetito electoral todo es un panorama de infantilismo político, de menosprecio por el electorado al que se le improvisa un candidato como un monigote en una feria de pueblo. Creen que somos bobos de solemnidad en esta Antioquia que se cree la más avispada.
No sé qué van a hacer otros con su conciencia para votar, pero en mi caso estoy en un dilema. A ningún candidato conozco mejor que a Alonso Salazar y no por contratos que me haya dado –tal como sugiere el suspicaz imbécil que ronda la opinión del peor de los dos diarios malitos que tiene esta ciudad innovadora– sino porque comenzó su carrera de escritor y de periodista con un rigor del que fui testigo cuando Salazar (así se llama para mí) creaba la imprescindible Corporación Región que ha sido ojo avizor de esta localidad y creábamos Héctor Rincón y yo La Hoja de Medellín, de grata recordación para nosotros.
Vi de cerca a Salazar investigar sin tregua las laderas, Pablo Escobar, las mujeres envueltas en violencia, Luis Carlos Galán y luego lo vi crear un movimiento ciudadano al lado del profesor Sergio Fajardo, hoy tan conocido. No existe uno más preparado que Salazar para gobernar a Medellín por conocimiento de causa, por haber sido alcalde y por haber encarado reinsertados y delincuentes organizados con temple distinto al paramilitarismo urbano sugerido por Vélez y Pérez, otros dos candidatos de esta contienda.
El problema de esta sociedad dada al sacrificio, sobre todo al sacrificio de la vida ajena, es que no le perdona a Salazar que sea verídico y diga que ha tenido depresiones y que tiene un tratamiento psiquiátrico para ellas. Porque aquí prefieren a los que camuflan las emociones y a un ser mesiánico que trata sus delirios con gotas homeopáticas. Por eso se ríen de Salazar en olímpicas emisoras de pacotilla, porque habla como si estuviera borracho, cuando la mayoría de los habitantes de este valle viven así, no haciéndose, sino ebrios de malestar.
Pero no votaré por Salazar, lo digo con tristeza, porque entiendo que son Federico Gutiérrez-alcalde y Federico Restrepo-gobernador los que encarnan en este momento la otra política donde tanto quieren patrasear lo que Medellín ha logrado al sacudirse de los barones electorales durante más de una década. Espero que Salazar entienda la coyuntura y se una a este empeño de mantener a raya estos lobos que rondan este apetitoso botín.