Un caricaturista acribillado por un terrorista encubierto. Expuesta su indefensión contra el miedo disfrazado de religión. La masacre de 12 dibujantes en una redacción en París por dos franceses fundamentalistas musulmanes es el jaque del terror que busca abolir al otro para imponerse.
Es un sofisma letal: evitar el martirio con la sumisión. Justificar el asesinato como castigo a lo incorrecto. Exigir la renuncia al derecho a la blasfemia que, se sabe, es fundamento del laicismo que apartó religión y Estado.
Este mundo árabe hoy amenazante es el creador de conocimientos de medicina, secretos de arquitectura, números arábigos que permitieron el cómputo con el uno y el cero, saberes olfativos, gustativos, tonales, poéticos, dancísticos, orfebres, que llevaron a la Europa asolada en el primer milenio por bárbaros y cruzados, profundidad y diversidad.
Hoy, 14 siglos después, anuncian el retorno del califato. A Europa, construida sobre libertad y razón, ideas ilustradas hechas universales, llega esta cruzada a imponer un velo a la esencia de la modernidad: el respeto y la tolerancia, el humor y la crítica, inalienables en sociedades humanas complejas.
Los que se dicen víctimas de la ofensa cándida de una sátira creen ajusticiar amparados en la religión y extinguir cuanto no obedezca a su credo o siembre dudas. Coartar la libertad estos mismos inmigrantes árabes que llegaron a degustarla.
La oposición al terror, por su lado, invoca a Voltaire. El profeta que anunció que la superstición hace al mundo estallar en llamas. El editor de Charlie Hebdo, Philippe Val, en 2008 escribió su argumento para burlar tabús religiosos: “Vuelve Voltaire, se están volviendo locos”. En Francia son seis millones de inmigrantes de otros credos. En el mundo, 1.200 millones los musulmanes. Una legión, pero no por eso terrorista, como pretende la xenofobia.
El islam reprueba el arte figurativo y representar a Mahoma en una imagen. La caligrafía es su arte. La confusión del mundo árabe ahora es la religión que enmascara al despotismo en ascenso. La política está abolida con el terrorismo. Analistas atribuyen al fracaso de la Primavera Árabe la radicalización que recluta ávidos para Al Qaeda, la yihad, y en la universidad Al Imán en Yemen se envuelven en estudios religiosos estas militancias.
Charlie Hebdo, periódico irresponsable, se confiesa el semanario satírico de la masacre. Y titula “Todo está perdonado”, la caricatura de Mahoma llorando. Llanto por risa, seria la burla: un oxímoron. El humor toca todos los temas. Los caricaturistas exhiben su credo contra asesinos disfrazados. Gritaban los hermanos Kouachi al atacar el 7 de enero que obraban a nombre de Al Qaeda y Mahoma. No son ellos porque actúan por interpuesta persona, buscan salvarse inmolándose y asesinando. El humor, en cambio, actúa en nombre propio.
La índole del humor es ser incómodo. Mirar por detrás y por los lados lo que el dogma ve rígido de frente. A la risa le apuntan estos reclutas ansiosos de obediencia, ávidos de autoritarismo, entrenados en defender el disparate, en matar sin mirar, sin pensar, sin dudar. La definición de musulmán es el que se somete. Pero no por eso es terrorista.
Resistirse a la adustez, a la rigidez, a la impostura de intocables. A una oscuridad que no hubo ni en las cavernas, donde a la luz de las teas el arte rupestre pintó desenfadado como inofensivas a las bestias que afuera azotaban a los primitivos.