El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Cultura y entretenimiento

03 de mayo de 2012 - 05:26 p. m.

Se ha puesto ardiente la antigua disputa entre la alta cultura y la actual hegemonía del entretenimiento.

PUBLICIDAD

Ya había lanzado su primera piedra Mario Vargas Llosa, con toda la autoridad moral de la que lo invistió el Nobel, en su libro La civilización del espectáculo, donde culpa al predominio de la diversión del desvarío de nuestros días, de la ausencia de discernimiento para separar lo bueno de lo malo y la incapacidad de diferenciar el arte de lo que no lo es.

Muchos años antes, en 1989, Milan Kundera en su novela La inmortalidad, incisiva como todas las suyas, consignó el término ‘imagología’ como la habilidad de hacer pasar por real lo que es una construcción artificial de rebuscadas apariencias.

En el muy serio Instituto Cervantes, en Madrid, se encararon dos intelectuales de la talla de Gilles Lipovetsky y Mario Vargas Llosa para discutir el tema de la alta cultura y la baja cultura de masas. Mientras esto se transmitía a través de la internet (canal de la baja cultura, pensaría el Nobel), el peruano sostenía que la libertad es el fruto de la cultura y ella es nuestra defensa de los totalitarismos, pero el parisino contraargumentaba que de nada nos había defendido la cultura frente al nazismo, y que había triunfado la civilización del espectáculo, que ahora nadie espera que la cultura cambie el mundo, y que, por lo demás, se ha liberado al individuo de los megadiscursos, porque ya los intelectuales no son pontífices.

¿Resulta tan de verdad irreconciliable la cultura en su acepción más concreta como fruto de la creación humana y la creada por los medios masivos que ahora incluyen las redes sociales? Cuenta la revista Semana que otro francés, llamado Frédéric Martel, llegó a Bogotá con su libro Cultura mainstream: cómo nacen los fenómenos de masas, en el cual concede una respetabilidad a aquellos asuntos que logran cautivar a las mayorías y por eso cree que el entretenimiento sí hace parte de la cultura, a la que describe como “a la vez global y local, rentable y no rentable, arte y divertimento. No se puede concebir como un dogma, como una jerarquía inamovible”.

Su defensa de esta cultura de la corriente principal está dada en que ella se alimenta de lo marginal y lo recupera para introducirlo en la cultura, para nutrirla de contracultura y de diversidad. Para “renovarse, innovar y tomar riesgos”.

No puede negarse que un Warhol o un Duchamp le propusieron al arte algunas consideraciones sobre lo popular y sobre lo cotidiano que eran importantes de contemplar. O, ¿no es posible considerar que un concierto como el de Paul McCartney, dado su papel en la música contemporánea, es un hecho altamente cultural?

O, ¿en qué categoría se puede clasificar un fenómeno como el de los millares de seguidores de Fernando Vallejo, que se agolparon en la Feria del Libro de Bogotá? Iban a verlo y oírlo hablar sobre un tema tan de alta cultura como la lengua y Rufino José Cuervo, pero con un fervor que podría ser atribuible a un artista pop. Es pues un escritor de este rango, dada su popularidad. Vallejo, que es lo contrario de la ‘imagología’, que no escatima nunca decir lo que piensa, que a la vez se afirma dentro del español en el que escribe como un lenguaje propio del habla, imposible de traducir. Sería pues interesante oírlo hablar alguna vez, como tercero en discordia, entre Vargas Llosa y Lipovetsky, para no temer los insondables elementos de los que se nutre la cultura. Y no necesariamente creer que toda la cultura de masas es hecha por mercenarios, que quieren lucrarse de la ignorancia común.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias