QUINCE AÑOS DESPUÉS, PABLO EScobar se multiplica. Es la figura de alguien que desafió a la sociedad. Y que permanece como si estuviera hecho de un tejido resistente al paso del tiempo.
La suya, una epopeya personal fabricada por muchos a su alrededor que construyeron su leyenda. Él es un mito fundacional para la época, que le sigue donde lo ilegal ha ido transfigurándose y extendiéndose como si fuera un rasgo de identidad nacional.
Si en las culturas el mito fundacional es el símbolo que da sentido y explica lo que llega luego, Pablo Escobar con su legendario poder de corromper y violentar, es la puerta que abre un capítulo propio a las conductas abominables que desde la Conquista española nos habitan pero que al encarnarse en alguien se convierten en una huella de la memoria, en un patrón. Él hizo un estremecimiento que puso a Colombia boca arriba y dio la dimensión que tendrían el narcotráfico y los negocios oscuros para dominarla y que sigue campante pasando por los paramilitares, la guerrilla y las pirámides. El alma oscura que él es y que todavía sale en películas, en novelas, en reportajes, en cuadros, en fotografías, en biografías televisivas, en sitios de internet, en el tejado de la casa donde fue muerto el 2 de diciembre de 1993, ha adquirido nuevas presentaciones en la seguidilla de malevos que en este territorio se suplantan y se relevan como si una necesidad los fabricara.
En su tiempo Escobar logró dominar el pensamiento y las conversaciones. Una hipnosis colectiva provocada por el terror y por la especulación, provocaba su condición de marginal todopoderoso. Él estaba seguro de que lo que hacía o lo que mandaba hacer conseguía copar todos los medios nacionales y también los internacionales. Los corresponsales extranjeros venían a construir raras historias sobre el Robin Hood que había desatado una guerra de clases; creían que el establecimiento tenía un enemigo que podía destruir por sí solo, sin que lo asistiera ideología alguna, lo que había sido una construcción de política y economía precarias. El desafío era primero económico por tener el inagotable recurso de lo prohibido, pero también era ético al demostrar qué tanto resultaba susceptible de corromper. Escobar no construía una empresa sino que él era su empresa, la de dominar y la de rendir lo que estuviera alrededor. Todos sus derivados, epígonos salidos de su entramado criminal, tanto los enemigos como los cómplices, clones miles, han demostrado que la ilusión que por un momento tuvo el país de haber desaparecido el foco de la violencia no era otra cosa sino el anticipo de lo que sería un modo de ser que se reproducía por partenogénesis. Un estilo de ambición.
Como muestra el reportaje biográfico La parábola de Pablo, este particular personaje es una hechura colectiva, que albergamos todos de alguna manera y que sale de algo que muy en el fondo nos pertenece. Este mito fundacional, la antítesis de lo que estamos dispuestos a reconocer que queremos ser como sociedad, necesita ser revisado en detalle para no seguir repitiéndolo desde los “tiempos originales” hasta el futuro más remoto, en las inacabables imitaciones de este Eróstrato que devasta una y otra vez el templo para ser dueño de la destrucción.
Incapaces los colombianos de construir un relato o un mito fundacional, concebimos maledicentes todopoderosos, exterminadores varios que perpetúan el caos donde hemos vivido tan cómodos. Y vemos repetir el fantasma de Escobar en uno y otro envase: el malevo revivido.